Israel-Palestina: guerra y limpieza étnica

Textos del mensual Lutte de classe - Septiembre-Octubre de 2026
Septiembre-Octubre de 2026

La guerra continúa en Gaza desde hace casi tres años. A pesar del alto el fuego que se supone que está en vigor, más de 1 300 palestinos han perdido la vida desde octubre de 2025, víctimas de las bombas, los drones y las balas del ejército israelí. Según el Ministerio de Sanidad palestino, el balance total ascendería a más de 73 500 muertos en el bando palestino, a los que hay que sumar un número indeterminado de cadáveres —sin duda miles— que aún yacen sepultados bajo los escombros.

La gran mayoría de los 2,2 millones de habitantes de Gaza han perdido sus hogares a causa de los bombardeos y se ven obligados a vivir en tiendas de campaña, entre las ruinas. Los únicos habitantes de Gaza que disponen de electricidad son los pocos que cuentan con paneles solares. Hay escasez de agua potable, ya que el 90 % de las infraestructuras de saneamiento han resultado dañadas o destruidas. La mayoría de los hospitales y centros sanitarios ya no pueden prestar asistencia, y escasean los medicamentos. Según la ONU, entre 1,4 y 1,6 millones de palestinos de Gaza sufren «niveles extremadamente graves de inseguridad alimentaria», es decir, hambruna.

El plan de Trump sin la paz

El llamado plan de paz de Trump para Gaza, firmado en octubre de 2025, preveía una primera fase en la que Hamás debía liberar a los últimos rehenes israelíes retenidos en Gaza desde el 7 de octubre de 2023, mientras que el ejército israelí se comprometía a permitir de nuevo la entrada de ayuda humanitaria. De hecho, solo se ha abierto el paso fronterizo de Kerem Shalom, al sureste de Gaza, en la frontera con Egipto, y se utiliza exclusivamente para camiones que, debido a los minuciosos controles impuestos por los soldados israelíes, son muy pocos los que logran cruzarlo. Así, según Unicef, entre mayo y junio de 2026, solo 280 de sus 633 camiones que partieron de Egipto pudieron llegar y descargar en el enclave. Las personas, por su parte, deben utilizar el paso de Rafah, situado también en la frontera con Egipto, pero su apertura es mucho más aleatoria y sigue siendo extremadamente difícil obtener los permisos de paso.

Se suponía que una segunda fase del plan de Trump comenzaría el 14 de enero de 2026, tras la devolución de los cuerpos de los rehenes israelíes fallecidos durante su cautiverio. En ese momento, se iba a constituir un Comité Nacional para la Administración de Gaza (CNAG), compuesto por quince personalidades palestinas consideradas independientes, bajo la autoridad de un Consejo de Paz presidido por el propio Trump. Ninguna de estas estructuras llegó a existir realmente. No obstante, el Consejo de Paz celebró una reunión inaugural el 19 de febrero en Washington ante los medios de comunicación de todo el mundo, en presencia del presidente estadounidense. Este se entregó a las fanfarronadas que le son habituales, afirmando poder resolver todos los conflictos del planeta. Desde entonces, no se ha celebrado ninguna otra reunión. En cuanto al CNAG, no desempeña absolutamente ningún papel y sus representantes ni siquiera han podido desplazarse a Gaza, al no haber recibido autorización de las autoridades israelíes.

Según los acuerdos alcanzados, el ejército israelí, que ocupaba una zona que representaba algo más de la mitad del territorio de Gaza, delimitada por una «línea amarilla» señalizada con bloques de hormigón pintados de ese color, se había comprometido a ceder progresivamente el control a una fuerza armada internacional. En realidad, esta fuerza nunca llegó a crearse y, lejos de retirarse, el ejército israelí ha ido desplazando la línea amarilla cada vez más hacia el oeste, acercándola a la costa. Netanyahu, por otra parte, no ha ocultado en absoluto sus objetivos, y a finales de mayo declaró en una rueda de prensa: «Ahora controlamos el 60 % del territorio. Estábamos en el 50 % [tras la entrada en vigor del alto el fuego], hemos pasado al 60 %, y mi directriz es llegar al […] 70 %. » En la zona controlada por Israel, que se extiende inexorablemente mes tras mes, las excavadoras terminan de destruir todo lo que aún no han destruido las bombas, con el objetivo de imposibilitar el regreso de los habitantes. Más de 2,2 millones de palestinos se ven obligados a sobrevivir en un territorio que se ha convertido en un campo de concentración reducido en dos tercios.

Hamas, en un callejón sin salida

Por su parte, Hamás ha realizado recientemente varios gestos para demostrar que no quería obstaculizar la aplicación del plan de Trump. Tras anunciar el 6 de julio la disolución de sus órganos de dirección en la Franja de Gaza, la organización islamista aceptó, a principios de agosto, el desarme de sus milicias. Estas, muy debilitadas por tres años de una guerra terrible, no habían desaparecido, hasta habían sido capaces de recuperar el control de las zonas evacuadas por el ejército israelí. Entre declararse dispuesto a desarmarse y hacerlo realmente hay, por supuesto, una diferencia. Pero Hamás se había negado hasta entonces incluso a hacer tal anuncio.

Este retroceso ilustra el callejón sin salida al que su política ha llevado a Hamás y, sobre todo, a la población palestina. Al llevar a cabo el ataque del 7 de octubre, al cometer las masacres de civiles israelíes y las tomas de rehenes, Hamás quería volver a situar en primer plano la cuestión palestina y reforzar su imagen como la única organización combatiente real entre los habitantes de los territorios ocupados. La población palestina lo ha pagado muy caro, ya que Netanyahu ha podido llevar a cabo una auténtica guerra de exterminio contando con un apoyo de la población israelí del que no disponía hasta entonces.

Sea cual sea la situación actual de Hamás y su influencia entre la población, ni él ni las organizaciones nacionalistas palestinas en general van a desaparecer. La guerra, la destrucción y las decenas de miles de muertos han suscitado inevitablemente entre esta población un deseo de venganza y han dado lugar a innumerables vocaciones de combatientes. La política israelí actual no puede sino preparar nuevos enfrentamientos.

Colonización y limpieza étnica en Gaza y Cisjordania

Para llegar al poder tras las elecciones legislativas de 2022, Netanyahu tuvo que formar una coalición entre su partido de derecha, el Likud, y partidos ultranacionalistas y racistas que representaban aproximadamente el 10 % del electorado. Sus representantes obtuvieron cargos importantes: Itamar Ben Gvir, responsable de Seguridad Nacional y de la Policía de Fronteras; Bezalel Smotrich, de Hacienda y Defensa, entre otros.

Más aún que sus predecesores, este Gobierno ha acelerado la colonización de Cisjordania, aunque se trata de la continuación de una política iniciada mucho antes. Por ejemplo, en agosto de 2025, el Gobierno de Netanyahu aprobó el proyecto E1, que prevé la construcción de unas 3 400 viviendas para la población judía en Cisjordania. Su realización tendría como consecuencia dividir en dos este territorio e impedir el establecimiento en este último de un Estado palestino. De hecho, este proyecto E1 existe desde la creación, en 1975, de la colonia de Ma’ale Adumim por parte del Gobierno laborista dirigido entonces por Yitzhak Rabin. El objetivo era crear una continuidad urbana entre este asentamiento y la ciudad de Jerusalén. Tras permanecer paralizado durante años, el proyecto fue reactivado en 1994 por el mismo Rabin, que había vuelto al poder, justo cuando Israel acababa de firmar los acuerdos de Oslo con la OLP.

Al fomentar la colonización de los territorios palestinos, los propios laboristas han alimentado el avance de la derecha y la extrema derecha, avance que acabó resultándoles fatal. Tras haber sido hegemónico entre 1948 y 1977, el Partido Laborista se encuentra hoy considerablemente debilitado, ya que solo obtiene el 5 % de los votos y ha quedado apartado del poder de forma duradera.

Mientras se prevé que a finales de octubre se celebren nuevas elecciones legislativas, Netanyahu —que, según las encuestas, se encuentra en una mala posición— hace suyas por completo las posturas de la extrema derecha más radical, que aboga abiertamente por la expulsión de los palestinos de Gaza y Cisjordania. El ministro de Defensa, Israel Katz, miembro del Likud, declaró el 2 de septiembre que su país estaba dispuesto a trasladar a los palestinos fuera de Gaza, siempre que Estados Unidos diera su visto bueno. Ese mismo día, su aliado y rival de extrema derecha, Ben Gvir, presentó un plan para trasladar a los palestinos fuera de Gaza antes de que termine el mes de octubre.

Es cierto que el contexto electoral favorece todo tipo de exageraciones. Pero una política de este tipo se inscribiría en la línea que han seguido todos los gobiernos israelíes desde 1948. El Estado de Israel se fundó mediante la expulsión de más de 700 000 palestinos, que encontraron refugio en campamentos de Gaza, Cisjordania y los países vecinos. Sin duda, Trump no tendría ninguna objeción de principio a la continuación de esta política de expulsión y limpieza étnica, ya que él mismo ha mencionado el traslado de los habitantes de Gaza y la transformación de este territorio en una Riviera de Oriente Medio. Más fundamentalmente, las potencias imperialistas siempre han apostado por las divisiones entre los pueblos de Oriente Medio para imponer su dominio y no están dispuestas a abandonar esa política.

No habrá paz sin derrocar el imperialismo

La lógica de confrontación y expoliación de los palestinos que ha prevalecido desde el nacimiento de Israel ha llevado a la aplicación de políticas cada vez más bárbaras. La población israelí también pagará por ello, al verse obligada a vivir en un estado de guerra permanente y a sufrir a una extrema derecha cada vez más agresiva que tiende a imponer su ley a toda la sociedad.

Solo una ruptura total con la política de Netanyahu puede poner fin al conflicto israelo-palestino. Esto supone reconocer los derechos nacionales de los palestinos y poner fin a la colonización. También exige romper con la política del Estado israelí, que consiste en erigirse en defensor privilegiado de los intereses imperialistas en Oriente Medio, lo que no solo ha contribuido a alimentar el conflicto árabe-israelí, sino que ha convertido a la región en un escenario de guerra permanente. Defender esta perspectiva implica luchar contra todas las clases dirigentes, no solo las de Israel, sino también las de los Estados árabes, preocupadas exclusivamente por defender sus privilegios en el marco del orden existente.

Esta lucha debe formar parte de la lucha de la clase obrera internacional para derrocar al imperialismo y poner fin a este sistema de saqueo y explotación de los pueblos del mundo en beneficio de una minoría privilegiada. Debe fijarse como objetivo construir una federación socialista de los pueblos de Oriente Medio, en la que estos puedan vivir en paz, con los mismos derechos para todos.

9 de septiembre de 2026