Desde el 7 de octubre de 2023, el primer ministro israelí, Netanyahu, ha aprovechado la conmoción y el trauma provocados por el ataque perpetrado por Hamás para llevar a su población a una escalada bélica que ahora se ha extendido a todo Oriente Medio.
Con el respaldo de las potencias imperialistas, Netanyahu ha podido cometer con total impunidad un genocidio en Gaza, intensificar brutalmente la colonización de Cisjordania y enviar a su ejército a sembrar el terror en varios frentes. Los dirigentes israelíes presentan su estrategia bélica como el único medio de defender a su pueblo frente a la amenaza que describen como existencial y que encarnan el régimen iraní y sus aliados: Hamás en Gaza, los partidarios del derrocado régimen de Bashar al-Assad en Siria, Hezbolá en el Líbano y los hutíes en Yemen. Netanyahu se ha mostrado decidido a «terminar el trabajo» iniciado durante la guerra del otoño de 2024 contra Hezbolá y durante la guerra de doce días de junio de 2025 contra Irán. Así, del 28 de febrero al 8 de abril, Irán fue blanco de intensos bombardeos israelo-estadounidenses, mientras que el Líbano fue víctima de la aviación israelí del 1 de marzo al 16 de abril. Netanyahu prometía que, tras esta última guerra, Israel viviría definitivamente en paz y seguridad.
La tregua se tradujo en un pulso en el estrecho de Ormuz y en una ocupación israelí del sur del Líbano, respaldada por numerosos bombardeos.
Tras su propaganda sobre una supuesta guerra defensiva, con el fin de manipular mejor a su población, los dirigentes israelíes no ocultan su voluntad de «modificar el mapa de Oriente Próximo» y convertir a Israel en la potencia hegemónica de la región. Si bien no se pueden ignorar los cálculos personales de un Netanyahu, acusado de corrupción, y que tiene interés en que la guerra perdure para mantenerse en el poder, las razones de esta política son más profundas. Son, evidentemente, la continuación del proyecto inicial de las organizaciones sionistas de fundar, bajo la protección de los países imperialistas, un Estado solo para los judíos, en desprecio de los derechos nacionales de la población palestina. Este proyecto colonial ha conducido a la guerra permanente de Israel contra sus vecinos.
El sionismo al servicio del orden imperialista
Después de 1945, las organizaciones sionistas se encontraron en condiciones de imponerse por la fuerza, a pesar de las reticencias británicas. Con el apoyo de Estados Unidos y la URSS pudieron proclamar el Estado de Israel. Pero lo que permitió sobre todo su creación fueron los cientos de miles de judíos supervivientes de los campos de exterminio que, huyendo de Europa, veían en la creación de este Estado una esperanza de seguridad.
En 1948, fue el socialista David Ben-Gurión quien, al proclamar el Estado de Israel, desencadenó la primera guerra contra los Estados árabes. Tras salir victorioso, Israel pudo ocupar el 70 % de la Palestina bajo mandato, aprovechando también el acuerdo secreto alcanzado con Abdalá, rey de Jordania, quien aceptó mantenerse al margen del conflicto a cambio del control de la otra parte del territorio.
Posteriormente, con la excepción del Partido Comunista Israelí y de algunas organizaciones de extrema izquierda, el sionismo fue defendido por la mayoría de las fuerzas políticas del nuevo Estado. Ben-Gurión y los primeros ministros laboristas que le sucedieron —Golda Meir, Yitzhak Rabin y Shimon Peres— optaron por aliarse con los intereses imperialistas. En 1956, Israel participó junto a Francia y Gran Bretaña en la expedición contra Egipto, que acababa de nacionalizar el canal de Suez. A partir de entonces, no dejó de estar al servicio del imperialismo estadounidense, que deseaba controlar esta región estratégica. El Estado hebreo resultó ser una baza importante para debilitar a los regímenes árabes considerados demasiado independientes, como el Egipto de Nasser. A cambio, Israel pudo disponer de considerables medios militares y financieros para imponerse frente a los Estados árabes vecinos.
En 1967, durante la Guerra de los Seis Días, su abrumadora superioridad permitió a Israel ocupar nuevos territorios: Cisjordania, Gaza y el Sinaí en Egipto, así como los Altos del Golán, en Siria. Esta victoria hacía cada vez más difícil un acuerdo entre los Estados árabes e Israel. Aislado en medio de pueblos árabes de los que se había convertido en enemigo, Israel contó para asegurar su supervivencia con la protección de las potencias imperialistas, para las que se convirtió en un aliado incondicional. La guerra de Yom Kippur de 1973, durante la cual el ejército israelí sufrió un revés antes de salir victorioso, valió a los dirigentes laboristas duras críticas por parte del Likud, partido de derecha partidario del «Gran Israel», que el clima bélico no podía sino reforzar.
Finalmente, en 1979, el sha de Irán, apoyo militar potente de Estados Unidos y aliado de Israel, fue derrocado por una revuelta popular liderada por los islamistas de Jomeini, lo que reforzó aún más el papel de Israel como gendarme del imperialismo en la región de Oriente Medio.
El giro hacia la extrema derecha, consecuencia de la guerra contra los palestinos
A lo largo de estas décadas, la derecha y, posteriormente, la extrema derecha no han dejado de reforzarse, hasta el punto de que esta última domina hoy en día la vida política israelí. El Partido Laborista, que dirigió los destinos de Israel durante los primeros treinta años de su existencia, es el responsable de ello. Es este partido el que, en nombre del sionismo, expulsó a los palestinos por la fuerza y construyó un Estado en el que los rabinos pudieron imponer su ley. Es él quien llevó a cabo la ocupación de nuevos territorios y favoreció su colonización, proporcionando así el caldo de cultivo en el que ha prosperado la extrema derecha. En definitiva, fue él que convirtió a gran parte de los cientos de miles de judíos supervivientes de los campos de exterminio y a sus descendientes, que aspiraban a vivir en paz, en mercenarios del imperialismo.
Las políticas de esa izquierda en el poder, hegemónica entre 1948 y 1977, y posteriormente las de la derecha, allanaron el camino a la extrema derecha y le prepararon el terreno. En nombre del sionismo, ambos partidos libraron las mismas guerras coloniales sucias. Así, en 1982, fue el líder del Likud, Menahem Begin, quien desencadenó una guerra sangrienta en el Líbano, con el fin de desarmar y expulsar a los combatientes palestinos de la OLP que se habían refugiado allí. Mientras que en 1987, durante la primera intifada (guerra de las piedras), fue el laborista Yitzhak Rabin quien ordenó a su ejército «romper los huesos» de los jóvenes palestinos rebeldes.
Ya se ha perdido la cuenta de las guerras, los bombardeos aéreos, las invasiones terrestres y las represiones que el ejército israelí ha llevado a cabo bajo las órdenes de esos gobiernos en Cisjordania y Gaza.
El 7 de octubre de 2023, una tragedia instrumentalizada
El 7 de octubre, la masacre de cerca de 1 200 israelíes no solo provocó consternación en Israel, sino que forjó la unidad nacional en torno a Netanyahu, justo cuando este se enfrentaba a una protesta masiva. El primer ministro tuvo vía libre para llevar adelante sus planes de la forma más brutal. En nombre de la erradicación de Hamás, presentado como una amenaza existencial, el ejército mató en Gaza al menos a 73 000 palestinos e hirió a 183 000, la mayoría de ellos niños. Un genocidio facilitado por el apoyo del imperialismo estadounidense y la complicidad de las potencias europeas.
En Gaza, desde el alto el fuego establecido en octubre de 2025, los bombardeos israelíes han continuado y han causado la muerte de 750 palestinos. Israel ha establecido una zona de separación en más de la mitad de la Franja de Gaza, delimitada por una línea amarilla que se convierte en la nueva frontera. Los dos millones de habitantes de Gaza, confinados en la otra mitad, carecen de todo y muchos viven en refugios improvisados, desnutridos, sin agua realmente potable, expuestos a las inclemencias del tiempo y al calor, rodeados de basura que propaga enfermedades. Israel controla gran parte de las tierras agrícolas, los manantiales y los pasos fronterizos, y puede impedir el envío de ayuda humanitaria. Esta ayuda es desviada por grupos mafiosos, algunos de los cuales están armados por Israel. Hamás, aunque debilitado militarmente, está lejos de haber sido erradicado y su arraigo en la sociedad persiste. Controla la parte occidental del enclave palestino y se impone a la población mediante su policía, compuesta por diez mil hombres, y su capacidad para organizar la vida cotidiana.
En Cisjordania, desde el 7 de octubre de 2023, el número de colonos israelíes ha aumentado de forma sin precedente. Se calcula que ahora hay 180 000 en Jerusalén Este y 500 000 en los territorios ocupados. Los tres millones de palestinos, que ya están sometidos a toques de queda, controles de carretera y controles del ejército, sufren los ataques de colonos de extrema derecha fanáticos, violentos y armados. En un año, sus ataques se han intensificado, destruyendo metódicamente pueblos y barrios enteros, con la complicidad activa del ejército israelí, cuyos disparos han matado a más de 1 000 palestinos y herido a otros 10 000. Al mismo tiempo, 36 000 palestinos fueron expulsados de sus tierras y sus hogares. A estos sufrimientos se suman las consecuencias del cierre del mercado laboral israelí, que ha privado a 140 000 trabajadores de su salario. Agotar a la población con el objetivo de obligarla a marcharse es un proyecto descabellado impulsado por la extrema derecha, que quiere crear las condiciones propicias para la anexión del territorio.
La colonización ha alimentado el caldo de cultivo en el que han prosperado los partidos ultranacionalistas y religiosos. Bezalel Smotrich, líder del partido Sionismo Religioso y ministro de Finanzas del Gobierno de Netanyahu, e Itamar Ben-Gvir, líder del partido supremacista Poder Judío y ministro de Seguridad Nacional, son partidarios declarados de la anexión de Cisjordania, rebautizada como «Judea y Samaria» para dar una legitimidad bíblica a los abusos de los colonos. Al apoyarse en ellos para formar su coalición de gobierno, Netanyahu no solo ha salvado su puesto, sino que les ha dado la oportunidad de popularizar aún más sus tesis racistas, belicistas y anexionistas.
En definitiva, para Netanyahu y sus aliados de extrema derecha, el 7 de octubre de 2023 y la reelección de Donald Trump en noviembre de 2024 constituyeron una doble oportunidad que les permitió dar rienda suelta a su agresividad. Por su parte, Trump había roto en 2017 el acuerdo nuclear con Irán rechazado por Netanyahu, ya que podía permitir que Irán se abriera y se fortaleciera económicamente. A continuación, congeló la ayuda financiera a los palestinos y reconoció a Jerusalén como capital de Israel. En 2019, reconoció también la soberanía de Israel sobre el Golán sirio y, en 2020, la de los asentamientos de Cisjordania y Jerusalén Este. Su política pretendía traer la paz, en el marco de los Acuerdos de Abraham, que normalizaban las relaciones entre Israel y cuatro países árabes: Baréin, los Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Marruecos.
Hoy en día, la idea de un «Gran Israel» y de la expulsión de los palestinos, difundida por Trump y sus representantes, está ganando terreno en la opinión pública. Dado que ningún país árabe vecino está dispuesto a acoger a los palestinos deportados, se está barajando incluso un éxodo hacia Somalilandia, país que Israel fue el primero en reconocer. Así, el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, declaró sin ningún tipo de tapujos que, en nombre de un derecho bíblico, ¡Israel podía tomar posesión de la totalidad de un territorio que se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates!
El expansionismo bélico de Israel cuenta con el respaldo del imperialismo estadounidense, que ve en él a su aliado más fiable y que puede convertirse en el amo indiscutible de Oriente Medio.
Una población prisionera del engranaje bélico
La prolongación de la guerra le ha venido muy bien a Netanyahu, que ha visto cómo se alejaba el momento de rendir cuentas ante la justicia. Aunque antes del 7 de octubre de 2023 se enfrentaba a una oposición masiva por un proyecto de reforma judicial que se percibía como un ataque a los derechos democráticos, ha logrado cerrar filas a su alrededor gracias a la guerra.
«Hay que terminar el trabajo, erradicar a Hezbolá, derrocar al régimen de los mulás, y el pueblo israelí vivirá en paz. » A partir del 28 de febrero, este discurso, repetido por todos los responsables políticos y los jefes del ejército, se repitió una y otra vez en los platós de televisión. Tanto es así que, según las encuestas realizadas a finales de marzo, el 93 % de la población judía israelí apoyaba estas nuevas guerras, en Irán y en el Líbano. Bajo el impacto de la propaganda, gran parte de la población está convencida de que Israel lucha para garantizar su paz. Aunque sea su ejército el que ataca primero, para ella se trata de legítima defensa. El uso de la fuerza sería el único medio de garantizar la supervivencia del país.
Sin embargo, tras la guerra de noviembre de 2024 librada en el Líbano contra Hezbolá, que destruyó el 80 % de su armamento y aniquiló su mando, Hezbolá ya no representaba una amenaza seria para el Estado hebreo. Y, según Joe Kent, director del Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo de Estados Unidos, no había «ninguna prueba de una amenaza inminente de agresión iraní». Sobre todo porque la guerra israelo-estadounidense de doce días había aniquilado la aviación iraní y reducido sus capacidades nucleares. El riesgo de que una bomba nuclear iraní cayera sobre las cabezas de los israelíes era nulo. Pero a Netanyahu le convenía que la población israelí pensara lo contrario para que apoyara la continuación de la guerra.
El 8 de abril, cuando Estados Unidos acordó un alto el fuego con Irán, los dirigentes iraníes lo condicionaron a una tregua en el Líbano, que Trump impuso a Netanyahu, sin que se hubiera invitado a Israel a la mesa de negociaciones. En una escalada belicista, los principales opositores de Netanyahu, Naftali Bennett, de la derecha, y Yair Lapid, de centro, calificaron esta tregua con Irán de desastre político. Unidos de cara a las elecciones del próximo otoño, intentan así desmarcarse de Netanyahu y ganar puntos entre una población que, en su mayoría, parece desear la continuación de la guerra. Porque, a pesar de los sacrificios, el cansancio de la guerra y el miedo a ver morir a sus hijos, sin duda quiere seguir creyendo en las promesas de paz y seguridad definitiva, una vez «terminado el trabajo».
Un Estado-fortaleza para redefinir Oriente Medio
Aprovechando este clima en el cual prevalencen imperativos de seguridad, el Estado hebreo ha sido capaz de movilizar a su población en torno a un ejército compuesto por 169 500 soldados en servicio activo y una reserva de 465 000 hombres. Para una población de 10 millones de habitantes, se trata de un esfuerzo bélico considerable, sobre todo si se tiene en cuenta que 2,1 millones de árabes israelíes están excluidos del servicio militar y que los judíos ortodoxos están, de hecho, exentos del mismo.
El domingo 1 de marzo, al día siguiente del ataque israelí-estadounidense contra Irán, Israel convocó a 100 000 reservistas de entre 25 y 40 años, además de los 50 000 que ya estaban movilizados en los frentes del Líbano, Siria, Gaza y Cisjordania.
Israel no podría librar estas guerras sin la ayuda estadounidense. Es el único Estado de Oriente Medio que posee aviones de caza F-35 y que puede contar con cientos de toneladas de material militar enviado por Estados Unidos. En cuanto a la ayuda financiera, asciende a 3.800 millones de dólares al año, a lo que se suma la ayuda excepcional estimada entre 16.000 y 22.000 millones en los dos últimos años.
Con el respaldo de las potencias imperialistas, Netanyahu y su grupo de ministros de extrema derecha pueden proseguir con total impunidad sus objetivos, que no tienen nada que ver con la seguridad de la población de Israel. El objetivo de esta última guerra era debilitar de forma duradera a Irán para convertirlo en una colonia sumisa, al estilo de Siria, con el fin de alterar el equilibrio de fuerzas regional a favor de Israel. La «amenaza existencial» es un pretexto para imponer su hegemonía en Oriente Medio y dibujar nuevas fronteras en beneficio del territorio israelí, incluso mediante anexiones.
Así, en diciembre de 2024, el ejército israelí aprovechó la caída del régimen de Bashar al-Assad, a la que había contribuido, para ocupar territorios en Siria. Cínicamente, se erigió en defensora de los drusos frente a los abusos de los grupos suníes, para apoderarse de una «zona de separación» alrededor de la meseta del Golán sirio, cuya ocupación en 1967 allanó el camino para su colonización y su anexión en 1981.
En el Líbano, Israel ha aplicado los métodos de guerra que ya había probado en el enclave palestino: bombardeos intensivos, invasión terrestre, desplazamiento de 1,2 millones de libaneses y destrucción de infraestructuras y viviendas para impedir el regreso de los habitantes. El ejército israelí, que no ha dejado de violar el alto el fuego de 2024, también continuó con sus bombardeos tras la tregua firmada el 16 de abril de 2026. Tras destruir los puentes sobre el río Litani, aislando el sur del Líbano del resto del país, ocupa esta región en una franja de unos diez kilómetros de profundidad, delimitándola con una línea amarilla que se extiende desde el Mediterráneo hasta la frontera entre el Líbano y Siria. Ciudades y pueblos borrados del mapa, rebaños sacrificados, sistemas de riego, huertos y olivares destruidos: se ha hecho todo lo posible para convertir estas tierras en inhabitables e impedir el regreso de cientos de miles de desplazados. Las «zonas de separación» establecidas por Israel son un infierno para los libaneses.
Al controlar una parte del río Litani, Israel también tiene la capacidad de desviarlo para abastecer de agua a los asentamientos de Cisjordania. Puertos pesqueros han sido bombardeados y no se ha levantado el bloqueo marítimo impuesto al sur del Líbano desde el 2 de marzo. Las fronteras marítimas son también uno de los retos de la guerra; hacerlas retroceder permitiría al Estado hebreo controlar yacimientos de gas sin explotar situados frente a las costas del Líbano. El control de la energía y el agua no es el único medio de presión política de Israel. Así, bombardear deliberadamente las regiones cristianas y suníes, donde se habían refugiado los desplazados, en su mayoría chiíes y supuestamente partidarios de Hezbolá, es una forma de avivar las divisiones comunitarias y deja en el aire la posibilidad de una vuelta a la guerra civil.
La población israelí tampoco ha salido indemne de estos treinta y un meses de guerra: los habitantes del norte han sido desplazados, viven con el temor a los bombardeos, cerca de mil soldados han perdido la vida, miles han resultado heridos y una parte de la juventud movilizada ha quedado traumatizada por la barbarie de la guerra.
Beneficios de guerra para unos y sacrificios para otros
La guerra también ha trastornado y reorientado toda la economía. El sector turístico se ha desplomado, y la suspensión de los permisos de trabajo de cerca de 200 000 trabajadores palestinos de Gaza y Cisjordania ha afectado gravemente a los sectores de la construcción y la agricultura. En las empresas, la llegada de trabajadores asiáticos no compensa la ausencia de los reservistas.
El 30 de marzo, el Parlamento aprobó una ampliación de 9.000 millones de dólares para un presupuesto militar que alcanza los 45.000 millones. Este presupuesto beneficia principalmente a las empresas de alta tecnología y de armamento. Así, en marzo, Elbit Systems, especializada en la fabricación de drones, anunció una facturación de 28.000 millones de dólares. Israel Aerospace Industries cuenta con una cartera de pedidos de 29 000 millones de dólares. Rafael, el especialista en sistemas antimisiles que desarrolló el «Domo de Hierro», realizó la mitad de sus ventas en el mercado internacional, por un valor superior a los 17 000 millones de dólares.
Estas empresas han conseguido contratos en todo el mundo. Para ellas, la guerra supone publicidad a escala mundial. Aún no ha terminado, pero los accionistas de estos grandes grupos ya son, sin duda, los grandes ganadores.
Mientras tanto, las clases populares sufren sacrificios sin fin. Así, Bezalel Smotrich, el ministro de Finanzas ultraortodoxo, quiere volver a subir los impuestos y recortar los presupuestos de educación, sanidad y transporte público. La escuela pública carece de recursos, pero Smotrich se ha encargado de conceder una partida presupuestaria adicional de 652 millones de dólares a las escuelas privadas que controla, y de 252 millones a las instituciones ultraortodoxas para financiar la implantación de colonias en Cisjordania.
La movilización prolongada de los reservistas ha sumido en dificultades económicas a un tercio de sus familias, ya que su paga dista mucho de compensar la pérdida de ingresos.
El aumento de la precariedad, la congelación de los salarios y la inflación de los alquileres, los precios de los alimentos, el transporte y los servicios básicos: muchas familias están cayendo en la pobreza. Más de dos millones de israelíes vivían por debajo del umbral de la pobreza en 2024, entre ellos 880 000 niños, lo que supone más de una cuarta parte de los niños del país.
La guerra, factor de orden social y de cohesión de una sociedad fragmentada
Israel contribuye a la fragmentación de Oriente Medio, pero la cohesión de su propia sociedad es solo aparente. La unión sagrada surgida de la guerra da la impresión de que su población es un bloque cuyos miembros comparten las mismas ideas e intereses. En realidad, la sociedad adolece de múltiples fracturas: políticas, religiosas y sociales.
Se trata de una sociedad en la que se enfrentan los judíos de Israel con los colonos judíos de los territorios ocupados, y los laicos con los religiosos supremacistas. 1,2 millones de ultraortodoxos concentran la ira, ya que incitan a la guerra, mientras que ellos mismos no trabajan y están exentos del servicio militar. Por otra parte, el estatus, los empleos y los salarios no son los mismos si se es un judío procedente de Europa, de los países árabes o de Etiopía, de Sudán o de la antigua URSS.
Casi dos millones de palestinos israelíes son considerados ciudadanos de segunda clase, que sufren discriminación en el acceso a la atención médica, al empleo y a los servicios, y que son esenciales para algunos sectores de la economía, empezando por la salud. Percibidos aún más como una "amenaza interna", desde el 7 de octubre de 2023 son acosados y una capa de plomo pesa sobre ellos.
La sociedad israelí es escenario de una feroz guerra social. La patronal y el gobierno aprovechan el clima bélico para mantener a raya a los trabajadores e imponer sus condiciones. En 2025, las huelgas afectaron al sector público, especialmente a los maestros y profesores, enojados por los recortes presupuestarios que sobrecargan las aulas. "Se nos pide que le demos todo a los niños, pero con la inflación y los recortes, nos cuesta pagar el alquiler y alimentar a nuestra familia", dijo uno de ellos.
La guerra es un poderoso factor de orden social. Hemos visto cómo la respuesta militar posterior al 7 de octubre puso fin a ocho meses de protestas contra Netanyahu y su reforma judicial. Es cierto que la suerte de los rehenes dio lugar a manifestaciones masivas, que expresaban desconfianza hacia Netanyahu y una forma de oposición a la extrema derecha, que calificaba a los manifestantes de traidores. Durante dos años, las manifestaciones semanales también permitieron a una minoría denunciar las atrocidades cometidas en Gaza.
En el ejército, antes del alto el fuego en Gaza, algunos reservistas o militares voluntarios se han negado a incorporarse a sus unidades o participar en operaciones militares. Estas protestas fueron minoritarias, pero en este contexto de guerra, es una suerte que algunos hayan tenido el valor de oponerse a sus líderes.
Tras la liberación de todos los rehenes, a los partidarios de la paz les resultó más difícil denunciar las políticas criminales de sus dirigentes. El 31 de enero en Tel Aviv, pudieron reaparecer. Ese día, decenas de miles de árabes y judíos israelíes se manifestaron contra el control de las pandillas sobre los pueblos árabes. Estos traficantes armados extorsionan a los comerciantes y mataron a 250 personas en 2025 con la complicidad de la policía, indiferente al destino de una población que desprecia. Pero la reanudación de la guerra el 28 de febrero sofocó nuevamente este movimiento que tendía a superar las divisiones comunitarias, única vía portadora de esperanza.
Guerras sin salida para los pueblos de Oriente Medio
La guerra dirigida por Netanyahu es parte de una ofensiva mucho más amplia del imperialismo estadounidense para controlar los recursos, los estrechos marítimos y así consolidar su posición hegemónica en el Medio Oriente. El expansionismo bélico de Netanyahu y sus ministros de extrema derecha ha sido un instrumento al servicio de las ambiciones estadounidenses en la región. Recíprocamente, la agresividad y el carácter aventurero de Trump han sido una oportunidad para Netanyahu, que tiene interés en continuar con la guerra.
Con el apoyo de los EE.UU., Israel puede mostrar una superioridad militar abrumadora e imponerse como potencia contra sus vecinos árabes, pero su guerra no tiene salida. Después de dos años y medio de guerra, aunque Hamas y Hezbollah sufrieron graves bajas, no han sido erradicadas. Por el contrario, su presencia dentro de sus respectivas poblaciones se mantiene. El estado israelí y los Estados Unidos, al destruir países enteros y aplastar pueblos, dan origen a generaciones de rebeldes que no ven otra salida que la de unirse a las filas de organizaciones que proponen combatir al poder que los masacra. Vimos cómo la destrucción de Irak dio origen a la organización del Estado Islámico, Daesh.
Convertida en mercenaria de intereses ajenos, la población israelí está condenada a vivir en un ambiente hostil y a soportar el peso de guerras que no le aportan ni paz ni seguridad.
29 abril 2026