Como es habitual al final del año, es hora de hacer retrospectivas de todo tipo. Para los capitalistas, el año 2025 ha sido bueno. Todo va muy bien para los multimillonarios, que nunca han sido tan numerosos. Según un estudio del banco suizo UBS, que algo sabe de riquezas, este año son 287 más. Los 2.900 multimillonarios del planeta pueden brindar por la salud de la Bolsa, que termina 2025 por todo lo alto. Las cotizaciones de todo tipo de valores especulativos, desde el oro hasta el cobre, pasando por las empresas de inteligencia artificial, baten un récord tras otro.
Se gastan fortunas en caprichos de ricos. Se construyen hoteles de lujo en una isla privada frente a Bandol o en pleno desierto de Omán. Al mismo tiempo, una ONG estima en 120.000 millones los daños causados por el calentamiento global, que agrava las catástrofes de las que los más pobres son las primeras víctimas, como las inundaciones en el sudeste asiático, los huracanes devastadores en el Caribe o la sequía en otros lugares.
El mundo avanza a pasos agigantados hacia una guerra generalizada. ¿Y cuántos millones de personas han muerto en los múltiples conflictos que hacen estragos en el planeta? ¿Cuántos sobreviven, amenazados por el hambre y las enfermedades, en las ruinas o en los campos de refugiados? Los miles de millones que acumulan los capitalistas son el fruto de la explotación de los trabajadores y, mientras este puñado de parásitos bebe champán, la mayoría de la población está condenada a una lucha permanente por la supervivencia.
Esta evolución bárbara al son de los cañones y con el ruido de las botas como telón de fondo es la consecuencia de la guerra económica que libran los grandes grupos capitalistas. La primera potencia imperialista, Estados Unidos, decide el destino de los pueblos y hace resonar los cañones en Siria, Venezuela, Nigeria... Oficialmente, se trata de luchar contra el terrorismo o la droga, pero Trump, el sheriff de la Casa Blanca, ya ni siquiera intenta ocultar tras nobles objetivos la meta de la primera potencia imperialista. Así justificó el asedio a Venezuela y la destrucción de varios de sus barcos con un lapidario: “Nos quitaron nuestro petróleo, queremos recuperarlo”.
En Ucrania, los discursos sobre los derechos de los pueblos han dado paso a la cuestión del reparto de las riquezas del país entre Rusia y Estados Unidos, mientras que las potencias de segundo orden, entre ellas Francia, luchan por obtener también su parte del pastel. En la República Democrática del Congo, cuando Trump pretende traer la paz a la región de Kivu, lo hace para satisfacer las codicias de las empresas estadounidenses sobre sus riquezas mineras.
¿Y qué decir de la situación en Oriente Medio, donde Estados Unidos, después de ayudar a Netanyahu a arrasar Gaza, masacrar a su población y colonizar Cisjordania, se jacta de haber logrado la paz? Es la paz de los cementerios y las ruinas para los habitantes de Gaza, mientras que los dirigentes imperialistas esperan sacar provecho de la reconstrucción.
En países ricos como Francia, aún no nos enfrentamos directamente a los estragos de la guerra. Pero la crisis y las rivalidades internacionales ya afectan a los trabajadores. Se multiplican los despidos y empeoran las condiciones laborales y salariales de quienes conservan su empleo. Y cuando el dinero del Estado se destina a armamento y portaaviones, eso significa aún menos recursos para la sanidad, la educación o el transporte.
El capitalismo condena a la humanidad, pero el bando de los trabajadores ofrece otras perspectivas. Desde que existe la explotación, los oprimidos se organizan para combatirla. En todo el mundo, a menudo son sus luchas, grandes y pequeñas, las que han cambiado el curso de la historia.
La esperanza de un mundo libre de explotación, guerra y relaciones de dominación recae en los trabajadores, que hacen funcionar toda la sociedad. No están condenados a soportar una vida en la que hay que limitarse en todo y apretar los dientes para aferrarse a un trabajo que los aplasta.
Hay que cambiar el mundo y eso solo puede venir de nuestro bando, de la clase trabajadora, siempre que tomemos conciencia de la fuerza que representamos y de nuestros intereses políticos, que son derrocar a esta clase capitalista parásita que gobierna la sociedad.
La lucha por la emancipación de la humanidad sigue siendo la perspectiva que solo los trabajadores pueden hacer realidad. Las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, redactado en 1848, siguen siendo vigentes: “Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar”.
Nathalie Arthaud
Editorial de los boletines de empresas del 29 de diciembre de 2025