La revuelta es legítima y los trabajadores pueden dirigirla

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Textos del semanario Lutte Ouvrière - 19 de octubre de 2026
19 de octubre de 2026

Según el Gobierno, el 17 de octubre fuimos más de 550.000 los que nos manifestamos, el doble que en la manifestación de los estudiantes de secundaria del 6 de octubre. En todas las ciudades se vivió una auténtica marea humana. Jóvenes y menos jóvenes reclamaron unas condiciones educativas dignas y expresaron su hartazgo por verse reducidos a una lucha constante por la supervivencia.

Pero no son sus reivindicaciones ni el entusiasmo de esas inmensas marchas lo que se comenta. Son los enfrentamientos con la policía, los saqueos de tiendas y la destrucción de espacios públicos en varias ciudades.

Estos dos aspectos no están separados. Reflejan una misma rabia provocada por el aumento de las desigualdades y las injusticias. Y, de hecho, cada vez más jóvenes y trabajadores se dicen a sí mismos que, para hacerse oír, hay que destrozar cosas y enfrentarse a la policía.

Es cierto que el poder se muestra sordo y mudo ante el sufrimiento de las clases populares y que hay que luchar con determinación para arrancar siquiera el mínimo vital. Pero lo que más importa es que esta lucha se convierta en una causa de millones de personas. Y la destrucción por la destrucción no nos ayuda en ello.

Los trabajadores conocen demasiado bien el precio de las cosas, y lo que les cuesta fabricarlas y mantenerlas, como para no sentir repugnancia al ver edificios y pequeños comercios saqueados. ¿Y cómo no darse cuenta de que esta violencia le hace el juego al poder?

La política de la porra

El Gobierno se aprovecha de este ambiente de guerra civil que él mismo ha contribuido a crear. Primero, dejando que la situación se enquistara; después, multiplicando las provocaciones y la violencia policial porque no tiene nada que ofrecer a la juventud. Macron lo volvió a demostrar en su discurso del domingo por la noche. Aparte de gestos autoritarios y la amenaza de prohibir las manifestaciones, ¡no tiene nada que ofrecer!

El Gobierno no quiere ceder nada a las clases populares, ni un céntimo. Pero regala, eso sí, 2.500 millones a las grandes empresas multimillonarias al reducir el recargo sobre los beneficios en su presupuesto, mientras las petroleras se enriquecen a nuestra costa con miles de millones. ¡El Gobierno sí sabe responder a las reivindicaciones… cuando vienen de la gran burguesía, de los accionistas y de los multimillonarios!

Así pues, cuando los jóvenes no consiguen nada para mejorar las condiciones de estudio, cuando las trabajadoras y trabajadores ya no podemos permitirnos nada y nos vemos obligados a prescindir de los desplazamientos, sí hay motivos para estar furiosos y para levantarnos y dar continuidad al 17 de octubre.

Muchas mujeres y hombres de la clase trabajadora no creen en la posibilidad de ganar y por eso no se lanzan a la lucha. Los enfrentamientos con la policía también contribuyen a infundir miedo. Pero hay que darse cuenta de que nosotros, los trabajadores, representamos, colectivamente, una fuerza incomparable con las manifestaciones que se han visto hasta ahora en las calles.

La fuerza y la capacidad de organización están del lado de los trabajadores

Los trabajadores estamos en el corazón del sistema productivo y por eso tenemos mil veces más medios para influir en el Gobierno y en la gran patronal que todos aquellos que levantan barricadas y creen que atacan al capitalismo rompiendo escaparates.

Nuestro trabajo es la fuente de los beneficios y del capital. De ahí un inmenso poder que debemos utilizar para defender nuestros intereses y hacer avanzar a toda la sociedad.

Debemos aprender de las debilidades del movimiento de los chalecos amarillos. Es posible actuar de forma más eficaz que con las manifestaciones de los sábados y la ocupación de las rotondas, y es posible controlar nuestra lucha si utilizamos nuestras armas como trabajadores: la huelga y las ocupaciones de empresas.

Las mayores victorias se han conseguido cuando la lucha se ha trasladado al corazón de las empresas. Cuando no solo apuntaba al títere que ocupa el Elíseo, sino también a sus amos, los capitalistas.

Si el movimiento de mayo-junio de 1968 marcó la historia y abrió perspectivas para los trabajadores, las mujeres y los jóvenes, fue porque las jornadas de barricadas y coches quemados en el centro de París desembocaron en una huelga general de tres semanas que movilizó a 10 millones de trabajadores.

La incorporación del mundo laboral a la protesta puede decidir el futuro y el éxito de la movilización que está sacudiendo al país. ¡Hablemos de ello en las empresas, organicémonos para avanzar en esa dirección!

Nathalie Arthaud

Editorial de los boletines de empresa del 19 de octubre de 2026