La muerte del militante monárquico e identitario Quentin Deranque, golpeado hasta la muerte durante una pelea entre su grupo de extrema derecha y los "antifas", ha dado lugar a una campaña reaccionaria tan repugnante como peligrosa.
Una auténtica manada formada por el Rassemblement National (RN) de extrema derecha, la derecha clásica, el Gobierno, una parte del Partido Socialista y la mayoría de los medios de comunicación se ha lanzado a la yugular del partido La France Insoumise (LFI) con el pretexto de que cuenta entre sus filas con el fundador de la Jeune Garde, dos de cuyos antiguos miembros están implicados en el caso.
Mientras se acusa a LFI, a los "antifas" y a la extrema izquierda de tener una responsabilidad moral en la muerte del joven identitario y de propagar la violencia en la política, asistimos al blanqueo del RN, rehabilitado en el bando de los demócratas y republicanos, y a la banalización de las ideas de extrema derecha. Incluso las referencias a Hitler y a Pétain, el líder de la colaboración con la Alemania nazi, han vuelto a ponerse de moda.
Martine Vassal, candidata de derecha a la alcaldía de Marsella, retomó el lema petainista "Trabajo, familia, patria". En su afán por gritar más fuerte que los demás lobos, la macronista Aurore Bergé tildó a LFI de "partido anti-Francia". Así es como Pétain calificaba a los comunistas y a los judíos a los que hacía arrestar y condenar a una muerte segura durante la Segunda Guerra Mundial.
La Asamblea Nacional guardó un minuto de silencio por Quentin Deranque, del que se sabe que había acudido a apoyar a unas militantes de extrema derecha decididas a perturbar una conferencia sobre Palestina. Pero ¿cuántas víctimas asesinadas por racistas ni siquiera tienen derecho a aparecer en las noticias de la televisión? Y, en muchas ocasiones, como en el caso del asesinato de Djamel Bendjaballah cerca de Dunkerque en 2024, ¡ni siquiera se reconoce el carácter racista del crimen!
El ministro del Interior, rápido en prohibir las concentraciones de solidaridad con Palestina, también autorizó a la ultraderecha a rendir homenaje a su nuevo mártir. Los matones especializados en perseguir a los trabajadores inmigrantes, a los militantes de izquierda, a los homosexuales y a los musulmanes pudieron así desfilar tranquilamente el pasado sábado por la tarde por las calles de Lyon. Después de pasar la semana pintando grafitis y destrozando locales de la izquierda y de algunos sindicatos, se presentaron con sus cánticos y sus saludos nazis.
Detrás de todo esto hay sórdidos cálculos políticos. Para el Gobierno, se trata de aislar a Mélenchon del resto de la izquierda para neutralizar a un importante competidor en las elecciones presidenciales de 2027. En cuanto a la derecha, acaba de encontrar una excusa perfecta para aliarse con la extrema derecha en un frente republicano inverso destinado a marginar a LFI.
Esta campaña nos lleva directamente a un gobierno del tipo de Trump, aún más violentamente hostil hacia los trabajadores, los pobres y los inmigrantes, y aún más dedicado exclusivamente a los multimillonarios. ¡Así que no nos dejemos engañar!
Ya que hablamos de violencia, hablemos de la verdadera violencia que asola la sociedad, la violencia de las guerras y las bombas.
Todos aquellos que se dicen horrorizados por la brutalización del debate político. ¿acaso se oponen a ella? En absoluto, han apoyado esa violencia. Incluso han combatido a quienes calificaban lo ocurrido en Gaza de genocidio, como si 70.000 hombres, mujeres y niños sepultados bajo toneladas de bombas no fuera suficiente. Cada día que pasa, estos "no violentos" nos explican que hay que prepararse para la guerra y para morir por la patria, como los ucranianos. Pero este tipo de masacre organizada por el Estado y el ejército nunca se considera violencia.
Del mismo modo, para ellos, la guerra social que nos libran los capitalistas no es violencia. Pero entonces, ¿qué es la explotación diaria con su séquito de sufrimientos, heridas y enfermedades y sus 1.000 muertes al año en el trabajo?
Los bajos salarios, la precariedad y los despidos son formas de violencia impuestas a millones de mujeres y hombres. Y cuando los trabajadores se rebelan y se manifiestan, se les responde con más violencia, como ha sido el caso de los chalecos amarillos.
¡No nos dejemos intimidar por esta campaña! Los trabajadores que se rebelan contra el orden social actual tienen razón al denunciarlo y preocuparse por su evolución cada vez más racista y reaccionaria. Porque la solución no vendrá de los políticos en rivalidad permanente, sino de los propios trabajadores, de su capacidad para unirse y reconocer en sus compañeros de trabajo, independientemente de su origen, color de piel o creencias, a compañeros de explotación y de lucha.
Nathalie Arthaud
Editorial de los boletines de empresas del 23 de febrero de 2026