Las relaciones internacionales en 2006

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febrero 2007

De la división en dos bloques a la hegemonía americana

Las relaciones políticas internacionales son la expresión más o menos exacta de las relaciones de fuerzas económicas, y no son reflejos pasivos ya que los acontecimientos políticos y su concentrado, los acontecimientos militares, repercuten en estas relaciones de fuerzas económicas.

Los múltiples acontecimientos de este año 2006 se inscriben en el marco de las relaciones fundamentales de las cuales algunas son seculares, otras datan del orden mundial tal y como salió de la Segunda Guerra mundial, otras por fin de esa última gran alteración del orden mundial que representaron la descomposición de la Unión Soviética y la dislocación de su zona de influencia.

Hace más de un siglo, ciento veinte años al menos, que los cambios del orden mundial, a veces profundos, se hacen sobre la base del imperialismo, es decir de la relación de dominación y de explotación impuesta al conjunto de la humanidad por esa parte restringida del planeta donde el capitalismo de "libre competencia" se ha desarrollado hasta el punto de hacer surgir su contrario, el dominio de los monopolios.

Desde hace un siglo, la docena de países de esa parte del planeta, limitada para simplificar a América del Norte, Europa occidental y Japón, ciñe el resto del mundo en una red cada vez más estrecha, con grandes grupos financieros que drenan las riquezas de todos los países, incluidos los más pobres, hacia la burguesía de los países imperialistas.

Es sobre la base de dichas relaciones económicas fundamentales que las potencias imperialistas de tamaño y de medios muy distintos llevan a cabo entre ellas una guerra económica, a veces pacífica para sí mismas - lo que no significa pacífica para sus víctimas de los países pobres - y violenta en otros momentos. Los cambios inevitables en las relaciones de fuerzas económicas se resuelven con guerras.

En el siglo pasado, fue en el transcurso de dos guerras mundiales, que se cobraron veinte millones de muertos la primera y cien millones la segunda, cuando se pusieron de manifiesto las relaciones de fuerzas que habían surgido durante el periodo anterior. Es el final de la guerra el que, cada vez, ha sido el acto de fundación del nuevo orden mundial. Al orden mundial de antes de 1914 lo sustituye el nuevo orden mundial de Versalles, fruto de la victoria de la coalición imperialista formada por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, principalmente, contra la coalición dirigida por Alemania.

El imperialismo alemán vencido y sometido a la dura ley del vencedor no tardó en poner en tela de juicio el orden de Versalles en el transcurso de una nueva guerra mundial. Si cada una de estas guerras imperialistas se concluyó por la derrota del imperialismo alemán, contribuyeron sin embargo a debilitar, en el campo de los vencedores, a los imperialismos británico y francés.

En cambio, consagraron la potencia americana que, de potencia imperialista en competencia con las otras, se ha convertido en la potencia imperialista hegemónica con respecto a las demás.

Otro acontecimiento mayor tuvo lugar en el primer cuarto del siglo XX: la revolución proletaria que venció en el país más extendido del planeta y uno de los más poblados también, Rusia. La convulsión que produjo era de otro tipo que los cambios ligados a los enfrentamientos entre potencias imperialistas para el reparto de las riquezas procedentes del pillaje de la parte pobre del planeta y de la explotación de la clase obrera en todas partes.

La perspectiva de la revolución rusa no era encontrar un lugar para Rusia en el nuevo orden imperialista fruto de la Primera Guerra Mundial. Su perspectiva era la extensión de la revolución proletaria hacia la parte desarrollada de Europa, empezando por Alemania, y la destrucción del orden capitalista a nivel mundial.

Sabemos lo que ocurrió con esta perspectiva después de la derrota de la revolución en Alemania, en Finlandia, en Hungría, y el retroceso de la ola revolucionaria en toda Europa, dejando a la Rusia soviética aislada, enviscada en la pobreza. Ésto conllevó la degeneración del Estado obrero nacido de la revolución, la emergencia de una burocracia cada vez más potente, que monopolizó el poder político en lugar de la clase obrera.

Desde mediados de los años veinte, menos de diez años después de la victoria de la revolución de Octubre, los dirigentes de la burocracia abandonaron la perspectiva de la revolución mundial, el derrocamiento del imperialismo. A pesar de esta degeneración, las potencias imperialistas, que no tardaron en ser sacudidas por la gran crisis de 1929, no pudieron reconquistar ni económicamente ni políticamente la Unión Soviética. Hitler lo intentó un poco más tarde, pero sin lograrlo.

A partir de ahí, la Unión Soviética de Stalin, contando con el progreso industrial considerable que le permitió el deshacerse de los latifundios y de la burguesía y de haber planificado la economía, todo ello en el país más extenso del mundo, uno de los más ricos también en recursos naturales, se convirtió en gran potencia. Una gran potencia que, después del abandono de toda perspectiva revolucionaria, se convirtió en uno de los pilares del orden mundial, pero que al mismo tiempo, permitió que su economía escapara, una sexta parte del planeta, a la competencia capitalista, al ánimo de lucro y a la penetración directa de los grandes trusts.

El papel creciente de la Unión Soviética en el concierto de las grandes potencias se impuso en el transcurso de la guerra y fue debido al papel decisivo que tuvo el ejército soviético en la victoria frente a la Alemania hitleriana. Los acuerdos sucesivos de Teherán, Yalta y Potsdam consagraron su integración entre los guardianes del orden mundial, dominado por el imperialismo.

Este papel de única superpotencia frente a Estados Unidos, la Unión Soviética de la burocracia lo conservó hasta su desmoronamiento, cuarenta y seis años después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Guardiana del orden mundial, la Unión Soviética de la burocracia lo ha sido de una forma particular, y fundamentalmente antagónica con respecto a las potencias imperialistas. Antagónica primero por el hecho de que no sólo el Estado obrero burocratizado ha sido un obstáculo a la penetración económica de los grandes monopolios imperialistas en la Unión Soviética, sino que impuso a las Democracias populares la misma ruptura con respecto al mercado mundial. Además, frente a la multitud de revueltas, de sublevamientos, de golpes de Estado, de guerras locales que no han parado durante esos cuarenta y seis años de poner en tela de juicio el orden mundial decidido en Yalta, la Unión Soviética ha desempeñado un papel particular, por su existencia misma, cuando no por su juego diplomático o militar.

A la vez que era violentamente hostil a toda revolución proletaria, hostilidad que era uno de los fundamentos de su alianza con el imperialismo para el establecimiento del orden de la posguerra en Alemania y en los países del Este - lo que la burocracia mostró especialmente, de forma brutal, aplastando una insurrección obrera en Hungría -, la burocracia soviética intentó al menos preservar la relación de fuerzas con el mundo imperialista, y en particular con los Estados Unidos. De ahí su política con respecto a las revoluciones coloniales que sacudieron el tercer mundo después de la guerra. De ahí su apoyo diplomático, cuando no militar, a numerosos movimientos de emancipación nacional, dirigidos y encuadrados por fuerzas nacionalistas pequeñoburguesas.

Ciertamente ha habido en el pasado numerosos ejemplos en los que una potencia imperialista alentaba, cuando no lo apoyaba abiertamente, un movimiento nacionalista capaz de molestar a un imperialismo rival. Antes de la guerra de 1914, por ejemplo, ocurrió que el imperialismo británico y el imperialismo alemán jugaran a ese juego en Oriente Próximo y Oriente Medio.

Los Estados Unidos mismos tienen tradiciones de este tipo. Algunas remontan lejos, cuando los Estados Unidos alentaron los movimientos de independencia de Cuba y de Filipinas contra el dominio de España para, evidentemente, tomar la sucesión de ésta. Otras, más recientes, en el momento de la ola de movimientos anticolonialistas de principios de los años sesenta que ponían en tela de juicio la dominación, en particular, de Francia sobre sus colonias de Argelia y del Africa negra:los Estados Unidos no dudaron entonces en apoyar más o menos discretamente los movimientos independentistas y en oponerse a la aventura galo-inglesa en contra de Egipto en tiempos de Nasser en el momento de la nacionalización del canal de Suez.

Sin embargo, la burocracia soviética no actuaba nunca bajo el efecto de la imperiosa necesidad de invertir su capital excedentario en países atrasados. Es en este sentido que, como marxistas, y denunciando las aventuras militares de la burocracia soviética en su zona de influencia directa de las Democracias populares o en sus márgenes, como en Afganistán, siempre nos hemos negado a hablar de intervenciones imperialistas.

El reparto del mundo en dos esferas de influencia, entre dos "superpotencias" antagonistas ha aguzado numerosos conflictos regionales, sobre todo cuando tenían lugar en la frontera de esas esferas de influencia (guerra de Corea, guerra de Vietnam, por ejemplo). Pero, al mismo tiempo, permitía mantener dichos conflictos en ciertos límites y acababa por ofrecerles una salida diplomática.

El principal cambio ocurrido durante este periodo fue el final de los imperios coloniales. Pero la forma colonial de la dominación imperialista era sobre todo el caso de imperialismos ahora de segundo orden con respecto al imperialismo americano, los imperialismos británico y francés ante todo, pero también holandés, belga e incluso español y portugués. Estos imperialismos eran cada vez menos capaces de defender sus zonas respectivas. Por razones distintas, ni los Estados Unidos ni la Unión Soviética tenían motivos para solidarizarse con potencias coloniales confrontadas a los movimientos de emancipación que minaban su imperio con mayor o menor violencia.

En cuanto a la victoria de la revolución china de Mao Zedong, acontecimiento mayor que iba a convertir a China en una potencia con papel propio en el orden mundial, los acontecimientos que la habían propiciado habían empezado antes y, sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial. Y después de ésta, escaparon sobradamente a la voluntad política tanto del imperialsimo como de la burocracia.

Más generalmente, este orden mundial bipolar - con dos polos muy desiguales, recordémoslo - ha sido puesto en tela de juicio sin cesar por movimientos nacionales, por guerras locales, por revueltas. No ha habido momento alguno, después de la Segunda Guerra Mundial, en el que no haya habido conflictos armados en tal o cual región del planeta.

Las dos superpotencias han capeado sobre todo las revueltas, los sublevamientos populares, los conflictos armados de todo tipo, incluso las contestaciones procedentes de los Estados de su propia zona.

Además, el antagonismo entre las dos superpotencias hacía posible el hecho de apoyarse en una para obtener más margen e independencia con respecto a la otra. De ahí la aparición de ese "tercer mundo" de contornos borrosos, englobando por momentos un conjunto de países con una población más numerosa de la de cada uno de los dos bandos, cuya identidad venía por así decirlo exclusivamente de la voluntad, más o menos acentuada, de jugar un papel de equilibrio entre los dos bandos. Su primera aparición política fue la conferencia de Bandung, en 1955, convertida por algún tiempo en el símbolo de un "no alineamiento".

Esta vaga agrupación reunía regímenes que habían roto políticamente con las grandes potencias imperialistas - China -, los países cuyos dirigentes intentaban hacerlo por momentos - Indonesia en tiempos de Sukarno - con otros que jamás habían tenido la intención de hacerlo (Arabia Saudita, por ejemplo, ha participado a la conferencia de Bandung).

Sin embargo, ni la política del "no alineamiento" de gran parte del Tercer Mundo ni la política de ruptura con las grandes potencias imperialistas nunca han amenazado al imperialismo mismo. A pesar de los discursos de moda en aquella época, incluso en los círculos de extrema izquierda, el Tercer Mundo no jugó hacia el imperialismo el papel del Tercer Estado de la Revolución francesa hacia el Antiguo Régimen. El "tercermundismo", a las antípodas de una política comunista, sólo ha sido una de las expresiones políticas de la pequeña burguesía de los países subdesarrollados, que aspiraba a un poco más de sitio y de reconocimiento en un mundo dominado por el imperialismo. No es posible poner fin al imperialismo sin destruir el capitalismo mismo, sin revolución proletaria.

A pesar del "no alineamiento" y de su influencia mayor o menor por periodos, el orden mundial decidido en Yalta perduró hasta la implosión de la Unión Soviética.

El nuevo orden mundial, en cierto modo todavía naciente, aparecido con la implosión de la Unión Soviética, a partir de 1991, deja el papel de superpotencia a los Estados Unidos únicamente.

El orden imperialista bajo la hegemonía de Estados Unidos

Como tampoco lo hizo la hegemonía conjunta y sin embargo antagónica de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, la hegemonía de los Estados Unidos únicamente no puede impedir que el orden mundial se vea repetidamente puesto en tela de juicio. Gendarmes en jefe del imperialismo, los Estados Unidos se sienten tanto menos obligados de intervenir en todas partes puesto que allí dónde han decidido hacerlo no se puede decir que haya sido un éxito, ni en Irak ni en Afganistán.

Como antes, los Estados Unidos capean los acontecimientos. Y, después de todo, incluso durante las guerras, ¡ siguen los negocios! Sólo las sufren los pueblos, pero eso no es nunca la preocupación de los dirigentes del mundo imperialista, ya se trate de guerras de las que son directa o indirectamente responsables o que se trate de guerras desencadenadas independientemente de su voluntad.

La emergencia del nuevo orden, que sucede al anterior en el que uno de los pilares era la Unión Soviética, resulta marcada, además de por la descomposición de la ex-Unión Soviética misma en quince Estados de los cuales algunos están en guerra larvada los unos contra los otros, por la descomposición de Yugoslavia.

En lo que se refiere a Yugoslavia, el año 2006 ha sido el año de la separación oficial de las dos últimas entidades, Serbia y Montenegro, que mantenían todavía una ficción de "pequeña Yugoslavia". Montenegro, Estado seudo-independiente, nuevo mini-Estado en el suelo de Europa que ya tiene muchos, se ha convertido en una tierra de elección de la mafia rusa. Y aunque las seis antiguas repúblicas federadas de la desaparecida Yugoslavia se hayan vuelto independientes, no está dicho que la descomposición se haya acabado. Bosnia conserva una unidad ficticia entre sus diferentes "entidades" étnicas de dominación serbia, croata o "musulmana" y la soberanía de Serbia sobre Kósovo es apenas simbólica. Estas dos regiones siguen siendo protectorados bajo ocupación de las tropas de la Otan.

Once años después del final de la guerra en Bosnia- Herzegovina (1992-1995), seis años después de la intervención de la OTAN contra Serbia a propósito de Kosovo, si no hay guerra en los Balcanes, hay una paz armada. Más de la mitad de las cerca de tres millones de personas desplazadas por fuerza por las "limpiezas étnicas" u obligadas a hacer la guerra, no han podido volver a sus hogares de antaño, con todo lo que ésto implica de miseria y sufrimiento.

La nueva configuración ha abierto el antiguo bloque soviético no sólo a la penetración de los grupos capitalistas - en qué medida estos grupos tienen la posibilidad de aprovercharlo, eso es otra cuestión - sino también a la influencia diplomática de los Estados Unidos, inclusive a su presencia militar. Hoy hay bases militares de la OTAN no sólo en ciertas de las antiguas Democracias populares - Rumanía, Bulgaria -, sino también en algunos países procedentes del desmembramiento de la Unión Soviética como Georgia o Kirguistán. Si las raíces del imperialismo son económicas, el imperialismo no sólo se impone con sus capitales y sus mercancías. Cuando no son los mercaderes que siguen de cerca a los éjercitos, son los éjercitos los que siguen a los mercaderes.

La hegemonía americana creciente, es también el crecimiento de sus gastos militares. Son colosales. El presupuesto militar americano representaba, en 1995, la tercera parte de los presupuestos militares del conjunto del mundo, lo que ya era considerable. ¡ En 2005, representaba la mitad !

Algunos ven, como antídoto a la hegemonía del imperialismo americano sobre el mundo, la emergencia de un imperialismo europeo. Pero es perfectamente estúpido el comparar la población o el producto interior bruto de las dos entidades. No hay un imperialismo europeo, sino una juxtaposición de imperialismos en Europa, ligados en algunos ámbitos, pero al mismo tiempo competidores, incluso rivales.

Esta rivalidad no sólo aparece en el hecho que, en muchos mercados fuera de Europa e incluso en Europa, los imperialismos británico, francés y alemán compitan. Como lo han revelado recientemente la crisis de EADS y la competición entre el Estado francés y el Estado alemán para su dirección, la rivalidad persiste incluso dentro de empresas comunes, creadas sin embargo en asociación entre potencias imperialistas de Europa para hacer frente a la competencia americana.

Por contractual que sea, con el nombre de "construcción europea", la alianza entre las principales potencias imperialistas de Europa, les permite ejercer una especie de condominio sobre la parte oriental de Europa, integrada desde 2004 en la Unión Europea (Rumanía y Bulgaria se adjuntarán, a partir del 1 de enero de 2007, a las otras antiguas Democracias populares ya admitidas).

Pero, incluso en este ámbito, los intereses de las tres principales potencias imperialistas de Europa no se superponen. Es sin duda Alemania la que ha sido la mayor interesada por la integración de los países del Este en la Unión Europea. Estos países formaban parte, anteriormente, de su esfera de influencia económica. Y el imperialismo alemán recobró su papel a partir de 1989 de forma natural.

El imperialismo francés, si ya había intentado antes de la Segunda Guerra Mundial competir con Alemania en los países del Este, y si lo sigue intentando todavía, está sin embargo más preocupado por hacer participar a otros en algunos costos o algunos gastos de su dominación sobre su antiguo imperio colonial de Africa.

En cuanto a Gran Bretaña, sus lazos económicos con Estados Unidos tienen al menos tanta importancia como sus intereses europeos. Es significativo que todavía no haya integrado la zona euro y que no parezca dispuesta a hacerlo.

En cuanto a los países de Europa del Este, sus relaciones con la parte occidental del continente siguen siendo fundamentalmente las mismas que antes de su integración : las de países cuya economía está dominada por los trusts de los países imperialistas de Europa occidental.

El hecho destacado del último periodo para los países de Europa central y oriental es seguramente el desmoronamiento de muchas de las ilusiones nacidas del final de la dominación de la antigua Unión Soviética primero, y luego de la integración en la Unión Europea. La desaparición de dichas ilusiones tiene como fundamento el crecimiento de las desigualdades, la supresión, progresiva o brutal, de las protecciones sociales del antiguo régimen, la explosión del paro en países donde antes prácticamente no existía.

Una clase burguesa local, que ha integrado en general a la clase privilegiada de los tiempos de las Democracias populares, se enriquece de forma ostentatoria, sirviendo a menudo de intermediario para los grandes capitales alemanes, austríacos, franceses, británicos, etc., que dominan las economías de esos países. Mientras tanto, según la formulación del Banco Mundial, datada por cierto en 2002, " la pobreza se ha extendido mucho y ha aumentado a un ritmo mayor que en ninguna otra parte del mundo".

Pero estas desilusiones no han puesto fin, y no podían hacerlo, a la desorientación de la clase obrera que es el resultado de más de cuarenta años de regímenes que se reivindicaban del comunismo y del socialismo. Una desorientación tanto mayor que la transición del régimen de antes de 1989 al de después, que en todas partes se ha hecho suavemente (exceptuando, y todavía, a Rumanía), se ha hecho bajo los auspicios de partidos llamados comunistas que estaban en el poder antes, o al menos con su complicidad. De ello resulta que, en estos países, de los cuales muchos tienen nutridas tradiciones revolucionarias y tenían antes de la Segunda Guerra Mundial un movimiento obrero combativo a pesar de regímenes de dictaduras, la clase trabajadora está hoy desorientada.

Es la derecha, incluso la extrema derecha, la que intenta canalizar las rabias y las frustraciones, con mayor o menor éxito. Cualquiera que sea su expresión a nivel del gobierno - gobierno de derechas reaccionario en Polonia, alianza entre un partido que se pretende socialista y la extrema derecha en Eslovaquia -, hay en el conjunto de los países del Este una subida electoral de la derecha pero sobre la base de una participación electoral en disminución. Allí donde, como en Hungría, es la izquierda la que ha ganado las elecciones legislativas, menos de seis meses después, ha sido un maremoto en favor de la derecha en las elecciones locales. Esta subida se manifiesta también, en la vida social, por la influencia de las Iglesias - en Polonia, se habla de integrar en la Constitución la prohibición de toda interrupción voluntaria de embarazo - y por una intensificación del chovinismo, de reivindicaciones territoriales con respecto a los vecinos, etc.

Oriente Próximo y Oriente Medio

Los principales focos de tensión de hoy están en Oriente Próximo y Oriente Medio.

En Irak, es cada vez más evidente que los Estados Unidos son incapaces de restablecer el orden, al menos con las fuerzas que le dedican y que no son pocas. Retroactivamente resulta que es Sadám Husein quién ha sido el mejor guardián del orden en su país. Hay que creer que Bush padre tenía más sentido político que su hijo desde el punto de vista de los intereses de los Estados Unidos cuando al final de la primera guerra contra Irak, había dejado a Sadám Husein masacrar a su propio pueblo, bombardear a los chiitas, aplastar a los kurdos. Al derrocar a Sadám Husein, los Estados Unidos han liberado fuerzas que son incapaces hoy de controlar.

Aunque Bush siga jugando a ser matamoros y afirmando que solo retirará a sus tropas de Irak cuando vuelva la paz, probablemente no sea la única opción estudiada en los estados mayores militares o diplomáticos de los Estados Unidos. Si, efectivamente, éstos pueden difícilmente irse de Irak dejándolo destrozarse - Irak no es uno de esos países africanos donde reinan las divisiones étnicas, se encuentra en una zona tan estratégica como petrolífera -, pueden orientarse hacia la búsqueda de un arreglo regional asociandose, en particular, a Irán.

Irán está puesto al margen por los Estados Unidos desde el derrocamiento del shah en 1979. Pero el régimen islamista de Teherán muestra cierta estabilidad y tiene la reputación de poseer influencia sobre la componente chii de la población irakí, incluso del Líbano. Los actuales problemas entre Irán y los que son llamados "la comunidad internacional", es decir los principales bandidos imperialistas, constituyen quizá un pulso que prepara las condiciones de negociaciones globales, asociando Irán a un arreglo regional.

Tampoco se puede decir que la guerra contra Afganistán y su ocupación desde hace cinco años sea un éxito de las potencias imperialistas. Recordemos que Francia y España están asociadas a esta aventura. No solo el país permanece dividido de hecho entre los señores de guerra con los cuales los ocupantes deben componérselas. Exceptuando a Kabúl quizá, sobreviven en la sociedad todas las formas de opresión, especialmente contra las mujeres, que fueron invocadas en su tiempo para justificar la guerra contra los talibanes, pero precisamente el hecho de que nada haya cambiado, que la vida no haya mejorado y que a ésto se le añada una ocupación extranjera, parece dar crédito de nuevo a los talibanes.

Este año, los talibanes se han revelado capaces de afrontar abiertamente a las tropas de ocupación y el país se hunde de nuevo en estado de guerra.

Además, esta recuperación del movimiento de los talibanes repercute sobre el Pakistán vecino, alimentando el activismo de los grupos islámicos, hasta el punto de minar un régimen que históricamente es uno de los principales aliados de los Estados Unidos en la región.

La situación se ha seguido agravando en esa otra zona de tensión en Oriente Próximo que constituye el conjunto Estado de Israel-Palestina. No solo la Autoridad palestina, supuesto embrión de un futuro Estado, no ha evolucionado en ese sentido, sino que el ejército israelí interviene cada vez más a menudo, incluso en la región de Gaza de donde sus tropas habían sido evacuadas el año pasado.

La pretendida autonomía de los territorios palestinos es una ficción desde su instauración. Con territorios divididos, cortados los unos de los otros por carreteras de circunvalación y ahora por un muro, con su economía inexistente, con una población cuya supervivencia física depende de la voluntad del Estado de Israel y de la ayuda internacional, es una cárcel a cielo abierto.

Este año, la situación se ha seguido agravando debido a la llegada al poder gubernamental de la organización islamista, Hamas. Aunque ha llegado al poder con las elecciones, las grandes potencias, que tienen el cinismo de hablar de democracia, han tomado el pretexto del voto de la población que le ha dado la mayoría a Hamas para bloquear el pago a la Autoridad palestina de los pocos ingresos financieros que le permiten tener un mínimo de existencia.

El Estado de Israel, las grandes potencias que lo protegen, han decidido dejar a toda la población hambrienta para castigarla por el voto de esa mayoría relativa que, con ayuda de la ley electoral, le ha dado el poder gubernamental a Hamas. Le reprochan al pueblo palestino haber bloqueado por su voto el proceso de paz al llevar al poder a una organización integrista. ¡Pero hace sesenta años que las grandes potencias sólo ofrecen al pueblo palestino la paz de las cárceles y de la opresión!

Es sobre todo para el pueblo palestino para el que la llegada al poder de esta organización reaccionaria, Hamas, representa un drama inmenso. Es la culminación de toda una política en la cual sus propios dirigentes han encerrado a un pueblo que demuestra tanta valentía, tanta combatividad, y desde hace tantos años, contra la opresión que padece. Las clases populares de Palestina que llevaban esta lucha tenían, al principio de su revuelta, inmensas posibilidades de hacerse oír por las del Líbano, de Egipto, de Siria, de Jordania y más allá, de todo ese Oriente Medio donde no sólo el Estado de Israel representa el orden imperialista sino también la monarquía añeja de Arabia Saudita, las dictaduras de Siria o de Egipto o los emiratos de opereta del Golfo. El pueblo palestino tenía la posibilidad, la capacidad de ser el motor de una revuelta general de las clases explotadas y oprimidas de Oriente Medio, teniendo la fuerza de imponer cambios reales en el ámbito de los derechos democráticos, de los derechos de las mujeres, pero también en el ámbito social.

Pero los dirigentes nacionalistas de aquella época, incluso los que se reivindicaban del progresismo o del socialismo, no lo han querido. Han limitado su combate únicamente al marco palestino impidiendo así que la revuelta de los oprimidos palestinos sea contagiosa, que pueda desembocar en cambios profundos en toda la región, como había empezado a hacerlo en el Líbano.

Es el imperialismo, es Israel, los que son responsables de la opresión del pueblo palestino. Pero es toda la política nacionalista anterior la que acaba de producir su último avatar con la llegada del Hamas al poder. Y del enfrentamiento entre un Estado de Israel encerrado en una política sionista, en su variante la más extrema, representada por la organización de extrema derecha Israel Beitenu que acaba de entrar en el gobierno Olmert, y una Palestina sometida a los integristas del Hamas, solo pueden resultar sufrimientos para el pueblo palestino sobre todo, pero también para el pueblo israelí.

El secuestro de dos soldados israelíes solo ha sido un pretexto para el estado mayor israelí para desatar contra el Líbano una guerra que preparaba desde hacía tiempo. El objetivo era destruír a Hezbollah cuyas roquetas amenazaban periódicamente los pueblos del norte de Israel, pero más aún, sin duda, modificar, por la fuerza y en el sentido de sus intereses, el sutil equilibrio de poder en el Líbano entre partidos musulmanes chiitas, musulmanes sunitas, cristianos y demás, así como entre partidos que hacen directamente el juego de las potencias imperialistas y los que están ligados a Irán y a Siria.

El Líbano plantea, efectivamente, un problema particular a Israel. Es el único país de la región que, por sus muy antiguos lazos con Occidente, también por la importancia de la componente cristiana de su población, podría tener un papel similar al de Israel, de aliado privilegiado de las potencias imperialistas en la región. Pero, por ello, el Líbano es también un rival para Israel. Un rival cuya burguesía tiene, además, lazos con las clases pudientes de los Estados árabes y sus círculos dirigentes, lo que la burguesía de Israel no puede tener. Por lo tanto, para los dirigentes israelíes, es una vieja preocupación la de intentar impedir que se instale en el Líbano un poder hostil a Israel.

Impedirlo era la principal razón de la intervención del ejército israelí en el Líbano en 1982 intentando aprovechar la guerra civil que había en el Líbano desde 1975 para vencer definitivamente la resistencia palestina armada.

En complemento de esta preocupación, está la de imponer en Beirut, cuando la ocasión se presenta, un poder que sea un aliado, pero un aliado en posición subordinada. La única vez en que Israel ha tenido la posibilidad de ir hasta el final de dicha preocupación fue cuando ayudó al jefe de los milicianos de extrema derecha, Bechir Gemayel, a instalarse en el poder. Eso no le salió realmente bien. Y es que si a la burguesía libanesa no le molesta para nada mostrarse pro-occidental, en cambio, repugna lo que podría hacerla ver como la aliada de Israel. Ésto se entiende: la burguesía libanesa no tiene ninguna razón de subordinarse a la burguesía israelí, con la que está en competencia comercial, financiera y política. Y tampoco tiene mayores razones de comprometer sus buenas relaciones con los Estados árabes que le son indispensables para garantizarle a sus bancos el papel de centro financiero en la región.

Sin embargo, a pesar de 33 días de guerra, 1200 muertos, sin hablar de los heridos y la destrucción de buena parte del Líbano, no ha sido un éxito para Israel. El ejército israelí ha tenido que retirarse sin haber destruido a Hezbollah.

Ésta organización, por el mero hecho de haber resistido, ha aumentado su crédito político. Por lo tanto sus pretensiones no sólo son ser reconocida como representante de la comunidad chii, sino también el derecho a una mayor representación en el gobierno central.

De hecho, si la intervención israelí ha modificado el equilibrio político del poder en el Líbano, sería más bien en desfavor suyo. Sin embargo, no está dicho que Israel y, sobre todo, detrás de él el imperialismo americano que lo ha apoyado totalmente, no intenten prolongar la guerra por otro tipo de intervenciones en el interior mismo del poder libanés.

Si hay de que alegrarse por la falta de éxito de Israel y de su protector, los Estados Unidos, no hay de que alegrarse por el éxito del Hezbollah. Gracias a su resistencia durante la guerra misma, gracias a sus intervenciones financieras después para paliar, en poca medida, la incapacidad del Estado libanés ayudando a los habitantes de los barrios populares, esta organización ha aumentado su influencia sobre las masas pobres, en mayoría chiitas, de la población libanesa.

Además, el mito de la organización que, por primera vez, habría obligado por medios militares a un retroceso a Israel, ha servido de pretexto al alineamiento político del Partido Comunista libanés.

Y se encuentran incluso en los círculos de extrema izquierda en Francia, donde sin embargo ni siquiera se puede hablar de presiones en ese sentido, organizaciones o individuos que se reclaman de la extrema izquierda que atribuyen a Hezbollah un carácter anti-imperialista. Ésta es una de las señales de la profunda desorientación de algunas componentes de la extrema izquierda que, por seguidismo, después de haber adulado en el pasado a movimientos estalinistas, maoistas o nacionalistas, llegan a apoyar y a presentar como anti-imperialista a una organización reaccionaria y fundamentalista.

Africa

En lo que se refiere a la situación en Africa, diciendo que no ha habido nada nuevo en el transcurso de este año, es un poco como el título de ese libro de Erich Maria Remarque : Sin novedad en el frente, cuando describe el día a día de uno de los peores momentos de la Primera Guerra Mundial.

Africa sigue sufriendo la guerra. Guerra económica, primero:este continente, el más pobre, sigue siendo saqueado por el imperialismo, tanto mediante el comercio de las armas como por el pago de los servicios de los préstamos usurarios concedidos a sus dirigentes, como por la rapiña de sus materias primas. Guerras a secas, después: las que oponen Estados los unos a los otros - Eritrea contra Etiopía -, bandas armadas dentro de los Estados - en Somalia, en el Congo ex-Zaire -, sin olvidar las guerras civiles momentáneamente apagadas o todavía vigentes, en Sierra Leona, en Liberia, en Nigeria o en Costa de Marfil.

Es imposible medir la sangría que dichas guerras y sobre todo sus consecuencias - hambrunas, enfermedades derivadas, masacres, olas de huídas - representan para Africa. Nada más que en el Congo-Zaire, se estima en cuatro millones el número de víctimas de los diez últimos años. Son sin duda más numerosas todavía en Sudán donde, apenas una tregua se ha instalado entre el poder central y el Sur en rebelión desde hace décadas, cuando es el Darfur, en el oeste del país, quién se hunde en la violencia, con contragolpes para el Chad.

Lo que está en juego en estas guerras locales es a menudo el control de una riqueza minera o de un recurso natural que sólo puede ser valorizado en el mercado internacional. Detrás de las guerras locales, hay a menudo oscuros enfrentamientos entre trusts occidentales o intermediarios capitalistas.

La situación tampoco ha cambiado notablemente en Costa de Marfil. A pesar de las conminaciones conjuntas de la UA (Unión africana) y de la ONU, Gbagbo no ha organizado las elecciones previstas para este año, como tampoco la fracción rebelde del ejército que ocupa el Norte, se ha desarmado.

El mandato presidencial de Gbagbo se acabó oficialmente el 31 de octubre de 2005. La diplomacia internacional ya le ha otorgado un año de prolongación que se terminaba el 31 de octubre de 2006. El poder ejecutivo, formado por Gbagbo en la presidencia y por un Primer Ministro, Konan Banny, que le ha sido impuesto por la ONU, no sólo no ha organizado elecciones, sino que ni siquiera ha empezado realmente la distribución de las tarjetas censales. La delimitación del cuerpo electoral es uno de los principales elementos en juego en la lucha por el poder entre clanes opuestos, con el clan de Gbagbo que busca apartar de las listas electorales a los originarios del Norte, presuntos electores de su rival Ouatara.

Prolongando un año suplementario la presidencia de Gbagbo, a cargo de organizar elecciones, la resolución de la ONU sólo ha oficializado un estado de hecho. La ONU mantiene también en el puesto de Primer ministro a Konan Banny quién había sido designado para hacer contrapeso a Gbagbo y para dirigir un pretendido gobierno de unión nacional en el que participan también ministros representantes del Norte secesionista.

Pero ¿qué vale ese contrapeso político sin fuerzas militares para apoyarlo? La reunificación del país solo podrá ocurrir si el ejército rebelde del Norte desiste y se somete a Gbagbo, lo que no parece querer hacer, o si uno de los dos bandos vence militarmente al otro.

Al preconizar una solución marfileña para solucionar el problema y al acusar a las tropas francesas presentes en el terreno de interponerse entre las fuerzas leales y las fuerzas rebeldes, Gbagbo deja entender que ha escogido la reconquista del Norte.

No está dicho de que tenga la fuerza para hacerlo ni siquiera realmente la voluntad. Pero su denuncia del papel de Francia y de Chirac en particular le vale cierta popularidad en el Sur. El pasado colonial, la continuación de la explotación del país desde la independencia, la presencia durante tiempo de numerosos aprovechados, grandes y pequeños, venidos de Francia, el tiroteo del hotel Ivoire, en noviembre de 2004, en el que las tropas francesas hicieron decenas de muertos en la población marfileña, han acumulado tanta hostilidad que el lenguaje de Gbagbo contra Francia, aunque sea puramente demagógico ya que no seguido de actos, refuerza su crédito en la población del Sur. A ésto se ha añadido este año el vertido escandaloso de restos tóxicos en pleno Abidjan, enviados por una sociedad cuya identidad es oscura, pero no la de sus dirigentes, franceses.

La simple prolongación del estado actual de guerra latente es dramática para la mayoría de la población. Pesa sobre las condiciones de existencia materiales de las clases populares, ya malas. Y el bombardeo etnista del que los dos bandos acompañan su política agrava un clima envenenado que puede desembocar en cualquier momento en enfrentamientos etnistas.

El imperialismo francés ha seguido siendo, después del final de su dominación colonial directa, el principal beneficiario y el protector del régimen que había instalado en el país. Bajo la dictadura de Houphouet-Boigny, Costa de Marfil ha sido de los países del antiguo imperio colonial de Africa que más rendía a los capitales franceses grandes y pequeños, debido a la vez a su riqueza agrícola de gran productor de cacao, de café, etc. y a sus actividades portuarias y bancarias en dirección de los otros países alrededor.

La crisis económica mundial y sus consecuencias para la economía marfileña se han conjugado con la crisis política para la sucesión de Houphouet-Boigny para iniciar el declive del peso económico y del "modelo político" que Costa de Marfil y su régimen han representado para París durante tiempo. La rebelión de parte del ejército en septiembre de 2002 y la división del país han acentuado el declive, aunque Costa de Marfil siga siendo el principal cliente comercial de Francia en la zona CFA y que varios grupos capitalistas - Bouygues y Bolloré en particular - ocupen allí una posición dominante. Sin embargo, en ciertos sectores económicos, en especial el del cacao, esencial para Costa de Marfil, son sociedades americanas las que son protagonistas.

La división del país y la guerra civil latente desde hace cuatro años han llevado al imperialismo francés a reforzar su papel de gendarme al tiempo que sus intereses económicos son el blanco de la competencia, americana por parte del gran capital, libanesa por parte de los capitales medios. Además, juega dicho papel en la posición poco cómoda de interposición, viéndose entre dos fuegos, abiertamente contestado por el gobierno de Gbagbo y focalizando el odio de la población en la parte más rica del país.

A la vez que mantiene " la operación Unicornio", el ejército francés busca compartir su papel de gendarme con fuerzas militares procedentes de países de Africa y disimular el suyo actuando bajo mandato de la ONU. A nivel financiero, "la operación Unicornio" le cuesta al imperialismo francés 250 millones al año, más de mil millones desde la secesión del Norte. No está dicho que siga considerando que valga la pena si no se encuentra ninguna solución política a breve plazo y si, para consolidar su poder, Gbagbo acentua sus ataques contra la presencia francesa. Esto, por otra parte, le vale cierto apoyo de parte de regímenes africanos más ligados a los imperialismos anglosajones, empezando por Suráfrica.

Que la Francia imperialista siga afirmando su presencia militar en Costa de Marfil o que acabe replegándose en otras bases - mantiene varias de ellas en Africa - la retirada de todas las fuerzas militares francesas del continente africano sigue siendo una exigencia.

La única perspectiva

"850 millones de hambrientos en un mundo más rico" era el titular de Le Monde, el 31 de octubre, al comentar el informe anual que acaba de publicar la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura. El informe, alarmante, afirma que la situación alimentaria no ha mejorado durante los últimos veinte años sino que se ha agravado. Nada más que el número de malnutridos y su crecimiento, mientras que riquezas colosales se acumulan en algunas manos, son una condena inapelable del capitalismo y de la dominación imperialista sobre el mundo.

La degradación de la situación de millones de seres humanos en las partes subdesarrolladas del planeta alimenta corrientes migratorias como la humanidad jamás había conocido.

Las regiones ricas del planeta se rodean cada vez más de alambradas para impedir que llegue a ellas "toda la miseria del mundo" - como lo clamaba en Francia ese antiguo Primer ministro que se pretendía socialista. Alambradas en el sentido legal : rechazo de visados para los que vienen de países pobres, cuotas, repatriaciones forzadas, redadas brutales. Pero también redadas en el sentido material de la palabra : las que rodean los enclaves españoles en Marruecos, el muro que separa los Estados Unidos de México, los sistemas de vigilancia sofisticados que supuestamente protegen la Europa de Schengen al Este o Australia hacia el Norte.

Pero ninguna barrera parará a esa multitud de migrantes, de pobres empujados por la miseria, por el hambre, cuando no es por la amenaza de las armas. Y la "miseria del mundo" no solo viene del exterior, es segregada dentro mismo de los países imperialistas, y por las mismas razones, por el funcionamiento mismo de la economía capitalista.

Todo esto alimenta el odio contra las potencias imperialistas. Jamás el imperialismo americano, por ejemplo, ha sido tan hegemónico en el planeta pero jamás ha suscitado tanto odio en buena parte del planeta. Ocurre lo mismo con todas las potencias imperialistas a nivel de sus propias fechorías. Y lo que le ocurre a Francia en Costa de Marfil es muy significativo desde este punto de vista.

El drama es que, de momento, los odios y las frustraciones, cuando tienen una traducción política, la tienen del lado de las fuerzas reaccionarias : extrema derecha en los países del Este europeo, fundamentalismo cristiano a veces, islamista en los países musulmanes, etnismos en Africa. Todas estas fuerzas no solo conducen a callejones sin salida, sino que constituyen regresiones bárbaras.

Pero la causa fundamental de todas estas formas de regresión es la persistencia del imperialismo, es decir del capitalismo. Un sistema económico, una organización social que han dejado desde hace tiempo de representar el porvenir de la humanidad, acaban inevitablemente por convertirse en factores de regresión. Desde hace, por lo menos, un siglo, el porvenir de la humanidad, el porvenir del planeta mismo, dependen de la capacidad del proletariado a asumir el papel revolucionario en la transformación social que había empezado a desempeñar plenamente en los años 1917-1919, pero esta vez yendo hasta el final, hasta el derrocamiento del capitalismo y, por ello mismo, de la dominación imperialista sobre el mundo.

3 de noviembre de 2006

La Rusia de Putin

En la evolución reciente de Rusia, hay varios hechos destacados, a distintos niveles y sin embargo que se influencian mutuamente.

A nivel económico, el auge desde hace varios años del precio del gas y del petróleo y, de forma más general, de las materias primas de las que Rusia dispone gracias a la riqueza de su suelo, le ha permitido al Estado ruso aumentar sus ingresos, disminuir su endeudamiento y reforzar en cierta medida la posición internacional de Rusia.

A nivel político, el segundo mandato de Putin, reelegido en 2004, ha consolidado la posición de su clan y, al asegurar su autoridad, Putin ha acentuado su autoritarismo. La imagen que da la dirección política de la burocracia es muy diferente del final del reinado de Yelsin, hundido en el alcoholismo, tambaleándose en los encuentros internacionales, dándose a la mendicidad internacional para cerrar su presupuesto, mientras el Estado se descomponía literalmente.

Oscuro cuadro medio del KGB, aupado a Primer Ministro por Yelsin en 1999, y luego designado como sucesor, Putin le debe, quizá, el principio de su ascensión precisamente a su discreción. Entronizado después de haberle dado garantías al clan Yelsin, a favor de quién ha hecho votar leyes que lo liberan de toda responsabilidad penal en el pillaje del país, Putin quizá no les parecía un peligro a los otros clanes. Sin embargo, tenía a su favor sus lazos con la FSB (antigua KGB), uno de los elementos del aparato de Estado que han sobrevivido a la descomposición general que caracterizó el periodo Yelsin.

Llegado a mitad de camino de su segundo mandato, Putin ha conseguido consolidar su poder que es el de su clan (como lo fue para todos sus predecesores de antes y después de Gorbatchov). Ha sabido utilizar incluso la descomposición de la industria planificada bajo la era Yelsin y hacer de las mega-empresas, que se han quedado o han vuelto a ser más o menos estatales, instrumentos del poder político.

No es nuevo en la historia de la burocracia:los aparatos de los ministerios económicos siempre han constituido puntos de apoyo en las rivalidades de clanes para el poder central. Ahora bien, algunas de las grandes empresas son las herederas directas de esos ministerios. La más poderosa de ellas, Gazprom, es la heredera directa del antiguo ministerio del Gas. Su "privatización" ha permitido a cierto número de burócratas cobrar ingresos colosales, y accesoriamente, a Gazprom participar en la competencia internacional como empresa regida por el derecho privado. No por ello deja de estar bajo el control del Kremlin y no sólo porque el Estado dispone de la mayoría de las acciones de esta empresa.

Mientras que, durante la era Yelsin, grupos de burócratas individuales se habían apoderado de las grandes empresas del Estado, principalmente para sacar un máximo de dinero a corto plazo que invertían en gran parte en los bancos occidentales, Putin busca consolidar el poder de la burocracia, como entidad colectiva, al mismo tiempo que el suyo, asociando directamente las cumbres del aparato de Estado al control de las grandes empresas que dependen del Estado.

La "foto" actual de las personalidades más influyentes del aparato de Estado que rodean a Putin es significativa. Al mismo tiempo que dominan el aparato de Estado y ocupan puestos de ministros o de altos cargos de la presidencia, dominan los principales trusts más o menos estatales.

Dmitri Medvedev, que pasa por ser uno de los sucesores de Putin, actual vice-Primer Ministro, es al mismo tiempo presidente-director general de Gazprom, importantísimo instrumento económico del poder tanto dentro como fuera. Ivanov, el otro sucesor putativo, Ministro de Defensa, controla el complejo militar-industrial. Sechin, Secretario general-adjunto de la Presidencia, es también presidente de Rosneft, segunda sociedad petrolífera rusa por su producción. Zhukov, vice-Primer Ministro, es también presidente de los ferrocarriles rusos. Khristenko, Ministro de Industria y Energía, es presidente de Transneft, empresa que tiene el monopolio de los oleoductos y transporta el 93% del petróleo bruto en Rusia. Kudrin, Ministro de Finanzas, es presidente de Alrosa que tiene el monopolio de la producción de diamantes y controla una cuarta parte del mercado mundial de esta piedra preciosa.

Se puede seguir con esta lista añadiendo que la mayoría de ellos, procedentes del KGB, se han ligado a Putin durante sus años al servicio de los "servicios". El periódico Financial Times, citado por Courrier Internacional, en un dossier sobre Rusia, resume bastante bien la ascensión del clan Putin: "Los administradores de las (grandes) empresas forman todos parte de una red de allegados a Putin, red que se ha constituido en el momento de su paso por San Petersburgo o por el KGB. Sin ruido, se han apoderado de las empresas públicas, ocupando a menudo también ministerios o puestos de responsabilidad en el Kremlin. Juntos, forman el consejo de administración oculto de la empresa Rusia que engloba las actividades más rentables del país no solo en el petróleo y el gas, sino también en lo nuclear, los diamantes, los metales, las industrias de la defensa, la aeronáutica y los transportes."

Por su parte, el periódico Les Echos, en un artículo del 2 de noviembre de 2006 dedicado a Rusia, bajo el título evocador de "La "kremlinización" de la economía rusa", denuncia la instauración "en una opacidad vertiginosa", (de) un "capitalismo burocrático". A base de expropiaciones, de intimidaciones fiscales, a veces físicas, de fusiones, de aumentos de capital, las principales empresas del país que operan en sectores estratégicos como la energía, las minas y metales, el armamento, están "consolidándose". Y ésto bajo los auspicios de una clase de emprendedores muy particulares, "oligarcas-dependientes del Estado" que vienen del KGB."

A lo largo de todo el periodo 2005-2006, el control del Kremlin sobre los sectores más rentables de la economía rusa ha proseguido. Ésto se ha hecho a veces por acto de autoridad - ha sido el caso para Ioukos cuyo ex-presidente, Jodorkovski, en aquel momento el hombre más rico de Rusia, sigue en la cárcel en Siberia - y, en otros casos, por recompra. En 2005, el Estado ruso, contando con sus ingresos procedentes del gas o del petróleo, ha gastado 17,4 mil millones de dólares para aumentar su parte en el capital de empresas estratégicas. Pero, al mismo tiempo, hecho significativo, una ley está siendo elaborada, que limita el acceso de las compañías extranjeras a los sectores estratégicos. Estas compañías - de las que varias, como Total, han sido recientemente expulsadas de sectores de prospección-explotación que les habían sido atribuidos durante el periodo anterior, o, en todo caso, cuyos contratos van a ser negociados de nuevo - podrán tomar cierta parte de los beneficios obtenidos por esas empresas, pero la dirección política de la burocracia no tiene ninguna intención de privarse del control de esas mega-empresas, principal fuente de sus ingresos e instrumentos de su poder político.

Así es como, por ejemplo, Gazprom, cuyo 50,1% está en manos del Estado, apoyándose sobre la potencia que le da el hecho de controlar la mayor parte de la extracción y de la conducción del gas natural ruso (Rusia posee los mayores yacimientos de gas del mundo), ha servido de instrumento al clan en el poder para apoderarse de todos los grandes medios de comunicación.

En tiempos de Brejnev, Andropov o Chernenko, simplemente no podían existir medios de comunicación que criticaran el poder y su política. La gran evolución hacia la "democracia" es que hoy pueden crearse - justo el tiempo que haga falta, si vienen a estorbar al poder, para que una de las grandes empresas controladas por el Kremlin los vuelva a comprar haciendo "una propuesta que no se rechaza". Gazprom, además del gas y del primer banco del país, posee hoy dos grandes cadenas de televisión, radios, periódicos - incluidos los Izvestia cuya fundación remonta a los tiempos de Lenin... y la única radio llamada un poco crítica (pero dentro de límites bien delimitados por el régimen), Eco de Moscú.

El control de los medios de comunicación, especialmente las dos únicas cadenas de televisión que se ven en toda Rusia, le dan a Putin una poderosa manera de controlar la opinión pública (y el poder mafio-burocrático tiene medios más radicales de deshacerse de los pocos periodistas que le estorban).

Las potencias occidentales tienen, hacia el régimen de Putin, los ojos de Doña Jimena cuando lo ven como una democracia. Inexistentes, las instituciones que supuestamente encarnan la democracia están apartadas de toda función o subordinadas al poder. Así lo resume una especialista política de Rusia en un artículo reciente de Le Monde (15-16 de octubre de 2006):"La paradoja es que Vladimir Putin, que decía querer restaurar el Estado, en realidad ha destruido las instituciones:ya no hay ni Parlamento ni Corte Constitucional dignos de ese nombre, el gobierno está cortocircuitado por la administración presidencial, los jueces están sometidos al poder político en cuanto un asunto se vuelve delicado."

Después de la anarquía burocrática de los años de Yelsin, marcados por el robo generalizado y por la descomposición del Estado, Putin había prometido restablecer lo que llamó "la vertical del poder". ¡No quiere decir que realmente lo haya conseguido! Es significativo, por ejemplo, que si en la cima del Estado tienen hoy, contrariamente a la era Yelsin, los medios financieros para hacer su política, no es porque recauden más impuestos sino debido a los ingresos, mucho más abundantes que en el periodo anterior, por la subida de precios de las materias primas bajo su control.

Y la consolidación del poder de Putin no ha puesto fin a los enfrentamientos, a veces sangrientos, entre bandas de la burocracia. El reciente asesinato del n°2 del sistema bancario ruso, encargado de poner un poco de orden en él, ha recordado hasta que punto el restablecimiento del orden es muy relativo (parece ser que se cometan incluso más asesinatos y más enfrentamientos entre bandas bajo Putin que antes bajo Yelsin).

Sin embargo, no es este tipo de inseguridad la que les plantea los mayores problemas a los inversores occidentales virtuales - aunque ver al gerente de su sociedad asesinado no ayuda a la estabilidad de un negocio y que asegurar la seguridad de su empresa y de sus altos cargos contratando a numerosos guardas armados así como a "especialistas" del ex-KGB aumenta los gastos imprevistos. A pesar de las posibilidades que ofrece Rusia desde la recuperación después del crac de 1998, a pesar del clima de efervescencia de los negocios que reina al menos en las grandes ciudades, las inversiones occidentales permanecen sorprendentemente bajas.

Y ésto, tanto con respecto a China - mucho menos desarrollada que la ex-Unión Soviética - como con respecto a las ex-Democracias Populares - mucho menos pobladas y menos poderosas económicamente que la Unión Soviética. A ello se añade el hecho de que las inversiones extranjeras en Rusia siguen siendo, incluso contando ampliamente, de cinco a doce veces menores que el volumen de los capitales procedentes del pillaje del país por los "nuevos ricos" que éstos han resguardado en Occidente.

Aunque ahora hace unos quince años que los dirigentes rusos que se suceden no hablan más que de la economía de mercado, y aunque Rusia es uno de los países que han dado los ejemplos más extraordinarios, o los más escandalosos, haciendo que hoy de los 793 multimillonarios en dólares en el mundo, Rusia tenga a 36, o sea 7 más que el año anterior, invertir en Rusia sigue siendo arriesgado.

Los inversores extranjeros no paran de deplorar "la falta de visibilidad con respecto a los derechos de propiedad" para retomar los términos de un estudio cofirmado por "un experto en riesgos del país" de la Coface (organismo para-público que, en Francia, se ocupa de los intercambios comerciales internacionales).

El reconocimiento de un título de propiedad sigue aún ampliamente ligado a su reconocimiento por el clan en el poder. Lo que un poder - municipal o regional - ha reconocido, el poder central puede ponerlo en tela de juicio. Como puede poner en tela de juicio títulos de propiedad ya atribuidos, si ha encontrado algo mejor o si sus intereses políticos se lo piden.

El régimen de Putin resulta como una especie de bonapartismo a caballo sobre las contradicciones de la sociedad rusa, que permanece en transición entre una sociedad dominada por la burocracia y una economía estabilizada sobre bases capitalistas.

Para el Occidente imperialista, Putin es el hombre capaz de restablecer la estabilidad en el país para gran bien de las futuras perspectivas de los grandes grupos capitalistas. Para la gran mayoría de la población rusa, es el hombre que ha frenado, si no parado, la desintegración del Estado y que le ha permitido a la Rusia humillada, despreciada, de los años Yelsin, retomar un sitio entre las grandes potencias.

Para los burócratas que se han enriquecido bajo la era de Yelsin, es visto como el garante de sus riquezas mal adquiridas a condición de que no discutan su poder político. Para las clases populares de Rusia, extrañadas por la subasta de la propiedad del Estado en beneficio de algunos altos burócratas, es visto como el hombre que ha sabido oponerse a los oligarcas.

La autoridad de Putin ha seguido la misma línea ascendente que la del precio del gas. El porvenir dirá lo que será de esta autoridad cuando el precio de las materias primas baje y que bajen los ingresos del Estado.

Pero a juzgar por las encuestas, que valen lo que valen, Putin se beneficia de la opinión favorable del 70% de la población. No se puede reducir dicha popularidad al único control de los grandes medios de comunicación, aunque tal control le permite pasar casi cada día en las cadenas de televisión difundidas en toda Rusia. Pero este bombardeo sólo puede operar debido a la posición política encarnada por Putin, en el centro de gravedad movedizo de las aspiraciones contradictorias de las diferentes clases de la sociedad rusa.

El Producto Interior Bruto de Rusia, que ha bajado del 40% de 1991 a 1998 - después de una baja del 20% del PIB de la Unión Soviética de Gorbatchov, de 1989 a 1991 -, se ha puesto a aumentar de nuevo desde ese momento. El alza se debe a la vez al encarecimiento de las materias primas y a la devaluación del rublo consecutiva al importante crac financiero que tuvo lugar en 1998, los cuales habían vaciado los bolsillos de esa franja de la pequeña burguesía que creía haberse enriquecido bajo Yelsin, y habían dramáticamente agravado las condiciones de existencia de los trabajadores. Pero el encarecimiento de los productos importados, como consecuencia ha favorecido la producción industrial del país, al menos en el caso de los bienes de amplio consumo. Ya que, en lo que respecta a las infraestructuras económicas del país, son cada vez más obsoletas:el 80% de ellas datan, oficialmente, de treinta años o más.

Sin embargo, la producción industrial sigue sin recobrar su nivel de antes de la descomposición de la Unión Soviética.

La recuperación muy relativa y el clima especulador que alimenta, al menos en las grandes ciudades, han aumentado sobre todo todavía más las desigualdades sociales.

Al enriquecimiento explosivo de los burócratas multimillonarios responde el empobrecimiento de gran parte de la clase obrera, la que vive fuera de las regiones donde el aumento de la producción asegura al menos el pago regular de los sueldos o, también, los jubilados, los minusválidos y todos para quienes las ventajas en especie aseguradas anteriormente contaban mucho. A la actividad febril de las grandes ciudades, actividad cuyas consecuencias por cierto son bien diferentes según se trabaje en la esfera financiera o en la industria o en los servicios públicos, responde la miseria de las regiones dejadas de lado.

El actual clima especulador beneficia a la burguesía, pequeña y mediana, que había crecido en los intersticios de la economía estatal mucho antes del desmoronamiento de la Unión Soviética y de la economía planificada. Durante los últimos quince años, esta burguesía se ha reforzado numéricamente. Es particularmente visible en "las dos capitales", Moscú y San Petersburgo. Pero el conjunto de este inmenso país dista mucho haber seguido la misma evolución. Y, sobre todo, el camino del éxito y del enriquecimiento de esta clase de comerciantes, de empresarios, de especuladores inmobiliarios, de los cuales algunos son lo bastante ricos para hacer el agosto de las estaciones de alto copete de los Alpes o de la Costa Azul, sigue dependiendo en gran medida de sus relaciones con el poder político.

La burguesía rusa es lo bastante numerosa para constituir un mercado tentador para los coches de alta gama occidentales, para los productos de lujo cuyos precios, allí, son todavía más elevados que aquí.

Pero, a pesar del desarrollo de una clase burguesa, la categoría social que domina la sociedad sigue siendo la burocracia. No tenemos ninguna razón de cambiar nuestra caracterización de la sociedad rusa ya que muchas de sus singularidades permanecen ligadas al pasado, a la emergencia del Estado obrero, a su burocratización y a su descomposición luego, bajo el efecto de las rivalidades internas de la burocracia.

La consolidación de la posición del clan Putin a la cabeza del Estado ruso reactiva las tentativas del Kremlin de estrechar alrededor de Rusia los lazos entre los Estados procedentes de la descomposición de la Unión Soviética. En muchos de estos Estados, el ejército ruso nunca ha dejado de estar presente, incluso si, en algunos de ellos, está presente también el ejército americano.

Los conflictos con Ucrania a principios de año y, más recientemente, con Georgia muestran que Moscú no ha abandonado la ambición de jugar un papel hegemónico con respecto a estos Estados. Una vez más, la empresa Gazprom le da a Putin medios considerables con respecto a aquellos de estos Estados cuyo abastecimiento en energía depende de Rusia. Ante la indignación expresada en Occidente cuando, para hacer presión sobre el gobierno ucraniano o, actualmente, sobre el gobierno georgiano, Moscú decide aumentar el precio del gas natural que suministra a dichos países, hay que recordar que estos precios eran, en la casi totalidad de los casos, más o menos ampliamente inferiores a los precios del mercado mundial. Y si el jefe de la burocracia rusa muestra todo el desprecio que siente hacia la población georgiana cuando amenaza con privarla de energía y, por lo tanto de calefacción, para hacer presión políticamente sobre sus dirigentes, sólo puede hacerlo porque Georgia no puede encontrar en el mercado mundial gas menos caro que lo que le impone el Kremlin. Pero las alzas de precios que vienen de las "leyes del mercado" - en realidad, las decisiones de los trusts -, la opinión pública burguesa las considera como normales, y sólo se indigna por ello cuando vienen de decisiones políticas de la dirección de la burocracia.

Este juego de influencia va por cierto más allá de los límites de la ex-Unión Soviética, hasta las ex-Democracias Populares (Rusia asegura el 80% del abastecimiento en gas natural de Eslovaquia, por ejemplo, y el 72% de Hungría).

Es por cierto precisamente porque las grandes empresas como Gazprom no obedecen solo a la ley del beneficio que pueden servir de instrumentos políticos entre las manos de la dirección de la burocracia. Es precisamente también por lo que las grandes potencias imperialistas condicionan la entrada de Rusia en la OMC, aplazada otra vez este año por dichas grandes potencias, a su voluntad de someterse y de respetar todas las leyes de la economía capitalista. La dirección política de la burocracia no parece, de momento, ceder a esta presión "amistosa". Rusia sigue sin formar parte de la OMC mientras que China sí lo es.

El espacio de la antigua Unión Soviética sigue sin estar estabilizado. En Rusia mismo, se prosigue una guerra particularmente cruel en Chechenia, haciendo de esta desdichada región un campo de ruinas. El número de víctimas representaría cerca de una cuarta parte de la población.

Las fronteras de los Estados nacidos de la dislocación de la Unión Soviética habían sido, en tiempos de la Unión Soviética, simples límites administrativos. Su transformación en fronteras de Estado ha hecho surgir a minorías - los rusos siguen siendo por cierto la mayor minoría - que han originado o sirven de pretexto para numerosos conflictos en el Caúcaso, en Asia central, pero también en Transnitria.

Estos conflictos se añaden al retroceso económico engendrado por la desaparición de una economía planificada concebida a nivel del conjunto de la Unión Soviética.

En Asia central y en el Caúcaso, a la dictadura burocrática que se pretendía comunista le han sucedido dictaduras con otras etiquetas, pero a menudo bajo el poder de un mismo hombre, de una misma familia (tales como el padre, y luego el hijo Aliev en Azerbayán) o de un mismo clan, como la dictadura tan siniestra como grotesca de Turkmenistán.

Los conflictos entre Estados heredados de la ex-URSS o dentro de algunos de ellos están aguzados por la rivalidad entre Rusia, que intenta conservar su influencia, y los Estados Unidos, que intentan adquirirla.

El tema que parece preocupar al clan burocrático del cual Putin es representante, e indirectamente a las potencias occidentales, es el vencimiento de 2008, año de una nueva elección presidencial cuando la Constitución rusa, que sólo autoriza dos mandatos sucesivos, no permite a Putin volver a presentarse.

Las ambiciones personales de Putin se conjugan con el interés que tiene su clan de prorrogar su poder. ¿Lo lograrán? Si se da el caso, ¿haciendo modificar la Constitución por un Parlamento a sus órdenes o cediéndole una vez el poder a un hombre de paja esperando poder presentarse en el 2012? ¿Pero quién le garantizaría a Putin que el hombre de paja no se aficionará al poder y que ello no conllevará a una de esas crisis de poder cuyo secreto, si no el monopolio, tiene la burocracia?

También está la hipótesis de una reunificación entre Rusia y Bielorrusia, y la creación de un nuevo Estado que podría de forma totalmente legal elegir a Putin en su cumbre, haciendo al revés lo que hizo Yelsin en 1991 quién, entonces jefe de Rusia, había conseguido apartar de su camino a Gorbatchov, dirigente de la Unión Soviética... disolviendo a la Unión Soviética. Pero aunque Loukachenko, que reina en Bielorrusia, es uno de los pocos laudatores de la Unión Soviética en tiempos de Stalin y Brejnev, no está dicho que esté dispuesto a abandonar su territorio, aunque sea para convertirse en segundo de una federación ruso-bielorrusa.

Haría falta un conocimiento mucho mayor que el nuestro de las relaciones de fuerzas para intentar prever si Putin conseguirá, prorrogando su poder, poner fin a las crisis resultantes de los enfrentamientos por el poder supremo. Es seguramente el deseo de su clan y es, quizá, el deseo del mundo imperialista.

3 de noviembre de 2006