Irán: acabar con el régimen y la dominación imperialista

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Textos del mensual Lutte de classe - Febrero de 2026
Febrero de 2026

La revuelta que comenzó el 28 de diciembre con la huelga de los comerciantes de Teherán para protestar contra la hiperinflación se extendió rápidamente por todo el país, afectando a múltiples clases sociales. Como han hecho en cada protesta, los dirigentes de la República Islámica de Irán han respondido con una represión despiadada que ya habría causado varios miles de muertos, quizá más de diez mil. En el momento de escribir estas líneas, no sabemos si «reina el orden en Teherán». Pero, tarde o temprano, esta dictadura oscurantista y antiobrera acabará cayendo. ¿Qué régimen la sustituirá? ¿Cómo pueden los oprimidos de Irán, que hoy derraman su sangre, cambiar realmente su destino y asegurarse un futuro mejor?

La revuelta actual es la cuarta desde el invierno de 2017-2018. Si bien cada una de las anteriores terminó sofocada, a costa de miles de muertos, decenas de miles de detenciones, condenas a años de prisión y, a menudo, a la pena capital, esta represión no ha impedido que estallen otras nuevas. Cada vez, nuevos grupos sociales, a veces los mismos, llevados al límite por las privaciones, el hambre, los salarios impagados, las amenazas de quiebra, o por el nepotismo y la arbitrariedad de las autoridades, por la falta de libertad y de futuro, han acabado levantándose, dispuestos a arriesgar su vida o su libertad. Entre dos movimientos, las luchas de los trabajadores, cada una de cuyas batallas en el terreno económico se convierte en política porque se enfrenta a los dignatarios del régimen, nunca han cesado. En el sector petrolero, el transporte, la producción azucarera, las fábricas de tractores, la salud, la educación, los asalariados han luchado por cobrar su salario, conservar su empleo u obtener su titularización; los pequeños productores han denunciado a los ladrones de agua que desvían los ríos hasta secarlos; los pequeños ahorradores, arruinados por las quiebras organizadas de los bancos locales, se han manifestado para recuperar sus ahorros.

Esta combatividad y determinación no pueden sino inspirar respeto. Demuestran que, por muy reaccionaria y represiva que sea, una dictadura nunca puede impedir indefinidamente que los oprimidos se rebelen. Y siempre acaba cayendo. Pero aunque no podamos sino desear que la República Islámica sea derrocada lo antes posible, su caída no bastaría para ofrecer un futuro mejor a las clases populares de Irán. Porque a los oprimidos no les basta con derrocar una dictadura para cambiar su suerte.

De las revueltas contra el sha a las revueltas contra el ayatolá

La población iraní lo ha experimentado cruelmente: el régimen de los mulás, hoy odiado, llegó al poder en 1978-1979 apoyándose en la revuelta de todo un pueblo contra la dictadura proestadounidense del sha. A pesar de los sacrificios consentidos, los miles de manifestantes abatidos por el ejército, la inmensa combatividad de las clases populares, el papel determinante de los obreros, en particular los del petróleo, la revuelta popular fue canalizada, desviada y desarmada por los islamistas de Jomeini. Para llegar al poder, este se aprovechó de las ilusiones sembradas entre los trabajadores y las masas pobres por las organizaciones de izquierda, que se alinearon detrás de este ayatolá en nombre de la unidad contra la monarquía, llegando incluso a presentarlo como el «faro del pueblo». Además, se benefició del apoyo explícito de los dirigentes imperialistas, encarnados por Carter, Schmidt, Callaghan y Giscard d'Estaing, quienes, en una reunión celebrada en Guadalupe (Antillas) los días 5 y 6 de enero de 1979, decidieron abandonar al sha y facilitaron el regreso del exilio de Jomeini para permitirle asumir la jefatura del Estado.

Nacido con la pretensión de defender a los pobres frente a los ricos y explotando los sentimientos antiimperialistas de la población, el régimen de los mulás se ha convertido en el implacable defensor de los privilegiados iraníes y, al mismo tiempo, en un elemento del orden imperialista. Los dos pilares del régimen, los religiosos y los Guardianes de la Revolución —los mulás y los pasdaranes—, predican la moral a la población, imponen el uso del velo a las mujeres y reprimen a las que se niegan a someterse, mientras viven en el lujo e imitan en privado las costumbres occidentales. Sumir a la población en la miseria y las privaciones mientras saquean los recursos del país y acumulan dólares en cuentas en el extranjero. Gritan «muerte a América» en las manifestaciones que organizan, mientras envían a sus hijos a estudiar a Norteamérica y colaboran con Estados Unidos para garantizar el orden en Irak.

Cuarenta y siete años después de la caída del sha, el régimen fundado por Jomeini està amenazado hoy con correr la misma suerte. Debilitado por las movilizaciones que se suceden desde hace diez años y que reducen cada vez más su base social, también lo está por el embargo reactivado en septiembre de 2025 por los dirigentes estadounidenses y europeos, por la guerra librada por Israel contra los aliados de Irán, en el Líbano y Yemen, por la caída de Bashar al-Assad en Siria y por la guerra de doce días librada en junio de 2025 por Israel y Estados Unidos.

Es evidente que estas presiones e intervenciones militares no tienen nada que ver con la defensa de la población iraní, primera víctima de los embargos y los bombardeos. Solo el cinismo de Trump, líder del imperialismo y, como tal, directamente responsable del sufrimiento de los pueblos, especialmente en Oriente Medio, Palestina, Irak y Siria, puede llevarle a erigirse en salvador del pueblo iraní. Lo que los dirigentes del imperialismo reprochan a los dirigentes de la República Islámica es no estar lo suficientemente sometidos a los intereses de sus compañías petroleras y sus capitalistas. A pesar de estas relaciones tensas, comparten el mismo temor ante las revueltas populares. Unos disparan contra su pueblo, otros, en realidad, son cómplices. Maniobran entre bastidores para intentar que surja una alternativa al poder de Jamenei, al tiempo que amenazan con una intervención militar.

Cualquier solución impuesta desde arriba, ya sea por las armas o por este tipo de maniobras, cualquier hombre providencial que pudiera ser propulsado al primer plano, ya sea Reza Pahlavi, el hijo del difunto sha oportunamente sacado de su exilio dorado, un reformista del tipo de Hassan Rohani en ruptura con el ayatolá Jamenei o un oficial superior de los pasdaranes que llevara a cabo un golpe de Estado con el apoyo de Estados Unidos, tendrá como objetivo someter a la población para perpetuar su explotación e instaurar un régimen mucho más sumiso al imperialismo.

Es también la dura lección de todos los movimientos de revuelta que han tenido lugar en el mundo durante los últimos quince o veinte años.

Revueltas numerosas , pero ¿con qué perspectivas?

Desde la «Primavera Árabe» de 2011 hasta las revueltas denominadas «Generación Z» de 2025, pasando por las de 2019 en Irak, Sudán, Líbano, Argelia y Bangladesh, y las de Nepal, Madagascar y Marruecos, en 2025, Z en 2025, en Nepal, Madagascar y Marruecos, pasando por las de 2019 en Irak, Sudán, Líbano, Argelia y luego en Bangladesh en 2024, los pueblos no han dejado de rebelarse contra los regímenes que los mantienen en la pobreza y los privan de futuro y libertad. Si bien nunca han faltado la determinación y el coraje, cada vez estas revueltas han conducido a situaciones decepcionantes, por decir lo menos. Cuando no han sido aplastadas en un baño de sangre, transformadas en guerras civiles en las que las diferentes potencias regionales y sus patrocinadores occidentales han echado leña al fuego, han sido recuperadas por un opositor que regresaba del exilio, un oficial o un dirigente del régimen que se erigía en hombre providencial, denunciando al dictador en el poder o a los políticos desacreditados por su paso por el poder. Las cabezas al frente del Estado han cambiado en ocasiones, pero no el destino de los explotados. El mismo escenario se ha repetido una y otra vez, ya que existen infinidad de fuerzas políticas dispuestas a explotar estos movimientos, a canalizarlos para finalmente llevarlos a un callejón sin salida.

Para que no sea así, para que la energía y los sacrificios desplegados durante estos levantamientos no sean en vano, quienes se rebelan deben encontrar una verdadera dirección política revolucionaria. Hasta ahora, esta ha brillado por su ausencia, y lo mismo ocurre en el actual movimiento en Irán. Es solo desde el seno de la clase trabajadora que puede surgir tal dirección, con el objetivo de asumir conscientemente el liderazgo de la revuelta, con su propia organización y sus propios objetivos políticos.

En los múltiples movimientos de protesta de los últimos años, los trabajadores siempre han estado presentes, pero sin aparecer realmente como clase. Han actuado sin ser conscientes del papel fundamental que pueden desempeñar para arrastrar tras de sí a todos los sectores oprimidos de la sociedad; sin ser conscientes de que, detrás del régimen que los oprime, se encuentra la burguesía, el sistema capitalista y el imperialismo en su conjunto. Porque es el imperialismo el que domina el planeta, saquea en todas partes las riquezas producidas por los trabajadores para asegurar los beneficios de los grupos capitalistas más poderosos y mantiene en todas partes regímenes dictatoriales para esclavizar a los pueblos.

El deseo básico de alimentar a la familia, tener un techo bajo el que vivir, no sufrir más la ley de las bandas armadas, el deseo de libertades democráticas, el derecho a vivir como uno quiera y expresarse como uno quiera, se topa con un muro en todos los países saqueados por el imperialismo. Satisfacer esta aspiración ya era imposible en la época de las revoluciones anticoloniales, en los años 1950-1960, cuando la economía capitalista mundial se encontraba en una fase de relativo desarrollo. Lo es aún menos en este período de grave crisis económica, en el que la rivalidad entre capitalistas por repartirse la plusvalía intensifica en todas partes la guerra de clases contra los trabajadores, conduce a la guerra sin más y lleva al poder a regímenes autoritarios, incluso en las antiguas potencias imperialistas.

El destino de los explotados no puede cambiar profundamente mientras dure el dominio de la burguesía sobre el mundo. Pero este dominio no es una fatalidad. Se basa en la explotación de cientos de millones de trabajadores en todo el mundo. Estos trabajadores se han concentrado para satisfacer las necesidades del capital. Están conectados entre sí por los mil vínculos de la producción y la economía capitalistas. Los trabajadores de Irán, los del Golfo Pérsico vecino, de Oriente Medio, de África, de Asia Central, al igual que los trabajadores de las metrópolis imperialistas, forman una única clase obrera internacional.

En Irán y en otros lugares, la fuerza de la clase obrera

En Irán, debido a su industria desarrollada, la clase obrera es numerosa y suele concentrarse en grandes complejos industriales. Ha demostrado en varias ocasiones que representa una fuerza capaz de tomar la iniciativa. En 1978-1979, la movilización y las huelgas de los trabajadores fueron decisivas para derrocar al sha. En muchas fábricas, especialmente en el sector petrolero, los trabajadores crearon churas, consejos obreros, para organizarse y defenderse del ejército. Aunque las organizaciones que contaban con la confianza de los trabajadores presentaban a Jomeini como un hombre de su bando, ninguna luchó para que estos consejos obreros se convirtieran en una dirección política alternativa a los dirigentes islamistas. En los años siguientes, Jomeini los disolvió, tras prohibir las huelgas y asesinar a los militantes obreros.

En los últimos años, en diversas ramas industriales importantes del país, como el azúcar, el petróleo, el transporte y la metalurgia, la clase obrera ha sabido sacar de sus filas, a pesar de la dictadura, a militantes capaces de ayudarla a combatir la explotación y a organizarse mediante la creación de sindicatos clandestinos, comités de huelga o consejos de trabajadores en fábricas enfrentadas a la privatización y a planes de despido, como la azucarera de Haft Tapeh y la acería de Ahvaz.

En el marco del movimiento actual, un periódico comunista turco ha publicado una declaración firmada por los consejos obreros de tres fábricas de Arak, capital de la provincia de Markazia. Aunque se desconoce la realidad de estos consejos obreros de Arak, este llamamiento indica que, al menos a nivel local, los militantes están tratando de organizar a los trabajadores sobre una base de clase. El texto afirma: «Nuestras fábricas son el hogar de todos nosotros» y llama a los habitantes a crear consejos de barrio «para organizar la seguridad y el abastecimiento», antes de concluir: «El reinado de los patronos y los mulás ha llegado a su fin». ». También introduce una cuestión crucial, la de la defensa física de la población frente al ejército, dirigiéndose a los soldados para que «no sean los asesinos de sus padres» y presentando las fábricas como lugares seguros para los habitantes de los barrios populares.

Ante un régimen que dispara contra su población con armas de guerra, la cuestión del armamento del pueblo se plantea inevitablemente. En enero de 1905, después de que el zar de Rusia ordenara disparar contra una manifestación pacífica de trabajadores en San Petersburgo, Lenin escribió: «Cuanto antes consiga armarse el proletariado, más tiempo mantendrá sus posiciones de combate, sus posiciones de huelga revolucionaria, y más rápido veremos flaquear a las tropas, más habrá entre los soldados hombres que finalmente comprendan lo que están haciendo, que se pongan del lado del pueblo contra los malhechores, contra el tirano, contra los asesinos de los trabajadores indefensos, de sus mujeres y de sus hijos».

Pero si bien la cuestión del armamento es esencial, no puede separarse de la dirección política del movimiento. En 2011, en Siria, ante la violenta represión de las manifestaciones por parte del régimen, rápidamente surgieron las armas, pero quedaron en manos de milicias de diversas tendencias y la revuelta popular desembocó en una guerra civil cuya principal víctima fue la población. La cuestión más fundamental es la de la dirección política. Si se generalizaran los consejos obreros en Irán —como ocurrió en 1979, pero de lo que hoy no tenemos el menor indicio—, la cuestión sería entonces que se dotaran de un organismo capaz de convertirse en una dirección política, de ponerse al frente de la revuelta, contra todas las fuerzas sociales y tendencias hostiles, que pueden ir desde los islamistas en ruptura con el régimen hasta los agentes del imperialismo, sin olvidar las tendencias centrífugas procedentes de organizaciones que se apoyan en las diversas minorías nacionales que componen Irán. Esto supone la existencia de una organización comunista, revolucionaria e internacionalista capaz de defender esta política a toda costa.

La revolución rusa de 1917 «sacudió el mundo» porque el Partido Bolchevique luchó durante nueve meses, contra todos los demás partidos, para que los consejos obreros, los soviets creados espontáneamente por los obreros y soldados en febrero de 1917, tomaran todo el poder y derribaran el antiguo aparato estatal. Para que las revueltas populares no terminen trágicamente una tras otra, sino que desemboquen en verdaderas revoluciones, es necesario que renazcan partidos que se basen en la experiencia bolchevique y en una internacional comunista y revolucionaria.

14 de enero de 2026