Proezas científicas y absurdos sociales

Εκτύπωση
13 de febrero de 2020

El 10 de febrero, el nuevo coronavirus afectó a más de 42.000 personas, casi todas en China, y ha matado a más de 1.000.

Los equipos de investigación han avanzado rápidamente en el conocimiento de este nuevo virus. Aunque todavía quedan muchos interrogantes, en particular sobre la propagación de la epidemia, la magnitud y la velocidad de su progresión. Por último, pero no por ello menos importante, todavía no se dispone de un tratamiento eficaz y mucho menos de una vacuna.

Las seis semanas transcurridas desde que se notificaron los primeros casos de neumopatía atípica en Wuhan han sido el escenario de verdaderos logros científicos.

Muestran hasta qué punto la sociedad actual tiene los medios para luchar contra una epidemia. Pero al mismo tiempo, los periódicos y todos los medios de comunicación informan de otra fiebre, económica esta, que el coronavirus podría provocar. La cuarentena de una provincia china poblada por 60 millones de personas, las carreteras cortadas, el tráfico aéreo ralentizado o incluso detenido, las fábricas cerradas, la actividad industrial en disminución han reducido la demanda de petróleo y han hecho bajar en más de un 10% los precios mundiales del barril.

Y los comentaristas se preocupan por las repercusiones a más largo plazo en la economía china y en la economía de todo el planeta.

En China, Volkswagen, Ford, Honda, Toyota, Nissan, PSA tuvieron que – control de la epidemia obliga– cerrar sus fábricas al menos por unos días. En Corea del Sur o Japón, las fábricas de montaje de automóviles están paralizadas por falta de componentes y piezas de repuesto producidas por las fábricas chinas. En Italia, Fiat-Chrysler amenaza con cerrar una de sus unidades de producción víctima de la producción ajustada.

Un simple virus, un ser apenas vivo y de tamaño microscópico, ¿podría amenazar la economía de todo el planeta Tierra? Evidentemente, la cuestión no es el virus, sino la fragilidad de esta economía y el absurdo de su organización.

La humanidad ha conocido muchas otras epidemias y peores. En la etapa actual del conocimiento, no debería haber ningún problema para tomar el tiempo necesario para controlar la epidemia, aunque se detengan algunas fábricas y se produzcan más tarde los automóviles, sin que ello suponga una catástrofe económica. Pero en esta sociedad enferma, esto no puede hacerse sin especulaciones y crisis.

Si bien hoy podríamos concentrar todas las inteligencias en el descubrimiento de los medios necesarios para el tratamiento, aún queda mucho por hacer para liberar a la sociedad de las preocupaciones de otra época: las de los mercados y las Bolsas.

LUTTE OUVRIERE