Tras haber sufrido tres olas de calor en dos meses, nos enfrentamos ahora a un aumento de los incendios y a una sequía histórica. Estos fenómenos climáticos extremos se alimentan mutuamente en un círculo vicioso letal para la naturaleza, la fauna y la flora.
A la crisis sanitaria le sigue ahora una nueva crisis agrícola y lo que algunos ya denominan la «guerra del agua». Todos los departamentos ya han tenido que adoptar medidas locales de restricción del consumo de agua, y más de cincuenta de ellos se encuentran en situación de crisis.
Se nos hace sentir culpables por usar el aire acondicionado o por viajar en avión. Pues bien, ahora nos van a dar lecciones sobre nuestro consumo de agua, a fijarse en cuántas veces tiramos de la cadena, cuántas duchas nos damos y cómo regamos el jardín.
Recurrir al comportamiento individual de cada uno es una estrategia clásica cuando se trata de eximir de responsabilidad a los principales culpables, aquellos que dirigen la vida política y económica. Lo peor es que, mientras nos dan lecciones de moral, los políticos y los capitalistas continúan con su política destructiva para el medio ambiente.
La loca carrera hacia adelante continúa
En estos momentos, el Gobierno está intentando que se apruebe una ley denominada «de emergencia agrícola», solicitada por la FNSEA, el sindicato que agrupa a los agricultores más importantes. Además de la posibilidad de volver a utilizar pesticidas prohibidos, sobre todo en los campos de remolacha, esta ley prevé duplicar el número de megabalsas de aquí a 2035. Se trata de una privatización del agua por parte de los mayores productores, en un momento en que este recurso es cada vez más escaso y en que los municipios se ven obligados a racionarlo.
Estos embalses artificiales solo son una solución para la minoría de agricultores que practican el riego y pueden conectarse a ellos, y agravan la situación general de sequía para todos los demás, ya que extraen el agua que debería alimentar ríos, praderas y acuíferos.
Pues bien, en lugar de favorecer los cultivos agrícolas que menos agua consumen y anticiparse al futuro, ¡es precisamente a esta minoría de grandes productores y exportadores de maíz o trigo a quienes apoyan el Gobierno, la derecha y la extrema derecha! Una vez más, ¡se sacrifican el largo plazo y el interés de la abrumadora mayoría para que el negocio de unos pocos se perpetúe!
Un permiso para calentar el planeta
También se están llevando a cabo negociaciones en el seno de la Unión Europea, esta vez bajo la presión de los industriales, que exigen una flexibilización de sus objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. En un momento en el que habría que obligar a las multinacionales más contaminantes a invertir en su transición energética, los gobernantes dan marcha atrás. ¡Siempre y una vez más en nombre de la competitividad!
Los gobernantes predican la austeridad al pueblo llano, pero siguen encargando cada vez más máquinas de muerte, tanques y aviones de combate que consumen enormes cantidades de materiales y energía. Por todas partes se construyen centros de datos, grandes consumidores de electricidad y agua, mientras que hoy en día nos cuesta mucho refrigerar los reactores nucleares.
La economía capitalista es incontrolable. Nunca se ha organizado para responder a las necesidades de la gran mayoría de la población ni para cuidar del planeta. Y no puede hacerlo porque la competitividad, la guerra comercial y la acumulación de beneficios siempre prevalecen sobre las necesidades vitales.
Lo que se produce y cómo se produce se decide en función de lo que puede reportar beneficios y depende de los vaivenes del mercado y de la competencia. Hoy en día, dado que el Estado lo considera una prioridad y destina miles de millones a ello, resulta más rentable fabricar aviones de caza o helicópteros de combate que aviones Canadair.
Contra el calentamiento global y el capitalismo
Para frenar el calentamiento global es necesario organizar de forma racional la economía, la producción de energía y los sistemas de transporte y de comunicación. Esto requiere una planificación a escala internacional para acabar con la sobreproducción en algunos sectores y con la escasez en otros. Esto exige el control colectivo de los medios de producción por parte de los trabajadores, es decir, la supresión de la propiedad privada de los grandes medios de producción.
Quienes buscan una política capaz de salvar el planeta y a la humanidad deben recurrir a las ideas comunistas revolucionarias, las únicas que abogan por una sociedad capaz de introducir la conciencia, la razón y la humanidad en las relaciones económicas y sociales.
Nathalie Arthaud
Editorial de los boletines de empresas del 20 de julio de 2026