Ola de calor: la inacción criminal de quienes nos gobiernan

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Textos del semanario Lutte Ouvrière - 29 de junio de 2026
29 de junio de 2026

Viviendas que parecen ollas a presión; enfermos y niños atrapados en hospitales y colegios con más de 35 grados; autobuses y trenes convertidos en hornos; lugares de trabajo insoportables; cortes de electricidad y trenes cancelados o averiados… Esta segunda ola de calor ha supuesto una pesadilla para millones de trabajadores y familias.

¿Y cuántas víctimas mortales habrá causado? La ola de calor de 2003 se cobró 15.000 vidas. Aún es pronto para hacer balance de esta, pero los testimonios de los médicos y de los servicios funerarios hacen temer que haya varios miles de fallecidos. Muertes que, en muchos casos, se podrían haber evitado.

Empezando por algunas que se han producido en los hospitales. Pacientes ingresados por patologías comunes han acabado en la unidad de cuidados intensivos a causa de la hipertermia. En lugar de estar a salvo en los hospitales, los enfermos se han visto en peligro con un termómetro que superaba los 30 grados en las salas.

El Gobierno se felicita porque no se ha producido una hecatombe en las residencias de ancianos y porque hay al menos una sala con aire acondicionado por residencia. ¿Y cómo se refrescan quienes están en la cama? ¿Y es normal que no puedan dormir en sus habitaciones sobrecalentadas?

¿Dónde ha ido a parar el dinero de la “jornada de solidaridad”?

Esta situación resulta aún más indignante si se tiene en cuenta que, desde 2003, existe la llamada “jornada de solidaridad”. El Gobierno suprimió un día festivo y pidió a todo el mundo que trabajara un día más para engrosar un fondo destinado a las personas mayores. Se trataba precisamente de climatizar las residencias de ancianos y los hospitales.

Esta jornada genera 3 mil millones al año. En 22 años, el Estado ha recaudado cerca de 60 mil millones, una suma suficiente para climatizar todas las residencias de ancianos y los hospitales del país. Entonces, ¿dónde ha ido a parar el dinero?

A esta pregunta, los ministros responden que también había que actuar sobre las causas del calentamiento global. En otras palabras, una gran parte de esa suma ha ido a engrosar las subvenciones concedidas a los grupos industriales para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. No se sabe si esto las ha reducido, pero lo que es seguro es que ha engrosado los dividendos de los accionistas de ArcelorMittal y compañía.

Este enésimo ejemplo demuestra que no se puede confiar en absoluto en el Estado. La prioridad de los gobernantes no es velar por el bienestar de los más vulnerables y de la población en general, sino asegurarse de que los negocios de los capitalistas franceses funcionen lo mejor posible.

Así es cómo cada año se ponen 270 mil millones a disposición de las grandes empresas y ese dinero no se destina a inversiones útiles, como la climatización de los colegios o del transporte. Así es cómo el Gobierno se niega a obligar a las grandes empresas a destinar parte de sus beneficios a garantizar la transición climática.

¡Intereses capitalistas o lucha climática, hay que elegir!

Ideas y medios técnicos que nos ayuden a vivir a 40 grados no faltan. Lo que falta son los medios financieros.

Macron ha hablado mucho de “transición”, pero de la transición hacia la “economía de guerra”, para gran satisfacción de las armamentísticas. Se ha aprobado una partida adicional de 36.000 millones de euros, lo que eleva la ley de programación militar 2024-2030 a 436.000 millones.

Con tales recursos, se podrían hacer muchas cosas para adaptarse a las altas temperaturas y luchar contra la amenaza existencial que supone el calentamiento global.

Pero la única lógica que siguen los gobiernos es la de la burguesía, la carrera por la competitividad y las guerras. Esta lógica empuja hoy a todos los gobernantes a invertir en aviones de combate y misiles. Frente a su destructiva huida hacia adelante, debemos depositar nuestra confianza en nuestra propia capacidad para tomar las riendas de la sociedad.

Al igual que durante la pandemia de la COVID-19, los trabajadores han demostrado que ellos sí son responsables. En las empresas, fueron ellos quienes se pusieron a salvo, a menudo en contra de las órdenes de los empresarios. Tanto en los hospitales como en las escuelas, fue el espíritu de iniciativa del personal lo que permitió hacer frente a la situación.

No solo se impone un cambio de rumbo ecológico, sino una revolución que permita a los trabajadores gobernar la sociedad en función de sus necesidades y de las de la mayoría de la población.

Nathalie Arthaud

Editorial de los boletines de empresas del 29 de junio de 2026