Rusia, 9 de enero de 1905: El domingo rojo abre la vía a la revolución

Εκτύπωση
enero 2015

La Rusia de 1905 vivía bajo la soberanía de un zar que afirmaba que su poder emanaba de Dios y disponía de hombres y bienes a su antojo. Los campesinos, muy pobres, seguían siendo privados de tierras, estaban endeudados y eran maltratados por los propietarios, que los desplazaban según les convenía. Todo concordaba para detestar este régimen, incluso si el zar conservaba la imagen de padre protector. En paralelo al desarrollo de la Europa capitalista, el régimen zarista había favorecido la industrialización del país; el desarrollo económico minaba las bases de la antigua sociedad patriarcal, dando nacimiento a uno de los proletariados más concentrados del mundo. Poco numerosos, muy pobres también, los obreros se concentraban en inmensas zonas industriales como las fábricas de armamento Poutilov en San Petersburgo.

La influencia de la corriente socialista era marginal en Rusia. Reagrupaba de un lado a los socialistas-revolucionarios, y del otro algunos cientos de socialdemócratas, divididos entre bolcheviques y mencheviques. Pero la contestación subía en el seno de toda la sociedad: las insurrecciones campesinas, agitación en las universidades, asambleas de pequeños liberales burgueses, huelgas en las industrias del sur, se multiplican. El zar había pensado poder desviar la cólera popular lanzándose a un conflicto con Japón, a una continuidad de sus veleidades imperialistas en el Lejano Oriente. Pero la guerra comenzada en febrero de 1904 fue un fiasco, intensificando las oposiciones.

A finales de diciembre de 1904, un movimiento de huelga estalló en las fábricas Poutilov para protestar contra el despido de varios militantes de la Asociación de los obreros rusos de las fábricas que animaba el pope Gapone. Desde los primeros días de enero, la extensión de la huelga paralizaba la capital; reivindicaban no sólo la reintegración de los despedidos, sino también una mejora general de las condiciones de vida, tierras para los campesinos, derechos democráticos, entre ellos la convocatoria de una Asamblea Constituyente, y el fin de la guerra. Por la mañana del domingo, 9 de enero, cuatro columnas partieron hacia el Palacio de invierno. Los manifestantes habían venido desarmados y en familia, pancartas y banderas políticas retiradas, para dejar sólo iconos y cruces religiosas. El zar los masacró.

Tal carnicería iba a liberar un torrente de rebelión. El levantamiento del proletariado de las ciudades provocó pronto reacción entre los campesinos. Mientras que las derrotas se sucedían frente a Japón, el descontento contaminó al ejército durante el verano, hasta provocar motines.

A lo largo del año 1905, las luchas se sucedieron, culminando con la huelga general de octubre. A través de ellas, el proletariado ruso se daba cuenta de su fuerza y del papel motor que podía jugar para derribar el régimen, forzando a este en octubre a anunciar la creación de una Asamblea elegida. En esta marcha hacia el poder, los proletarios rusos inventaron una forma nueva de organización para dirigir sus luchas, los soviets: asambleas de obreros elegidos que toman poco a poco el control de la vida social a escala de ciudades enteras.

El poder zarista finalmente derrotó a la revolución movilizando a soldados procedentes del mundo rural. Pero una parte del proletariado pudo llevar la experiencia revolucionaria hasta su término, respondiendo en el mes de diciembre a la represión con una insurrección armada.

Los acontecimientos de 1905 templaron a toda una generación de proletarios, muchos de los cuales doce años más tarde participaron en el asalto al poder, en 1917. El año revolucionario dio origen a una nueva generación militante, la futura base del Partido bolchevique, la única organización que permaneció al lado de las masas en lucha. A nivel internacional, la revolución de 1905 iba a reactivar el debate sobre la necesidad de la toma del poder político por el proletariado, y a permitir a la corriente revolucionaria conducir la lucha en esta perspectiva en el seno de los partidos de la Segunda Internacional.