Desde enero de 2026, Cuba se ve empujada al abismo por el bloqueo y las sanciones impuestas por Estados Unidos. Estos, en nombre de la libertad de los cubanos, les hacen padecer hambre y los privan de energía, agua, transporte y asistencia sanitaria. ¿Por qué el imperialismo estadounidense ataca a una isla pobre que no supone ninguna amenaza para él? La ofensiva actual prolonga 67 años de hostilidad hacia la revolución cubana. También forma parte de la voluntad de Estados Unidos de seguir siendo la potencia dominante en el mundo, sobre todo ante el auge de China. Este artículo repasa las consecuencias y los fundamentos de esta ofensiva.
El pasado 4 de enero, al día siguiente de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por el ejército estadounidense, Trump declaró que Cuba estaba «a punto de caer». El golpe de fuerza en Venezuela, destinado a imponer un régimen a sus órdenes, servía también de advertencia a los Estados que se niegan a alinearse con Washington, en particular en su patio trasero latinoamericano y caribeño. A partir de ahora, proclamaba Trump: «El dominio estadounidense sobre el hemisferio occidental nunca más se pondrá en duda. » El régimen cubano, que ha roto con ese dominio más que ningún otro en la región, fue señalado como el próximo blanco.
La imposición de la tutela sobre Venezuela privó inmediatamente a Cuba de su principal fuente exterior de petróleo. Posteriormente, las amenazas estadounidenses de imponer aranceles adicionales a otros proveedores, en particular a México, que le aprovicionaba a través de su empresa Pemex, acabaron por imponer a Cuba un bloqueo petrolero casi total.
La presión también es militar: medios navales y aéreos en el Caribe, vuelos de vigilancia y escenarios de intervención mencionados públicamente. No se descarta el uso de la fuerza. Pero si Pemex, los grupos hoteleros españoles o armadores como la francesa CMA CGM cesan sus operaciones en Cuba, es por temor a las sanciones y a perder el acceso al mercado o al sistema financiero de Estados Unidos. Ahí reside, ante todo, el poder del imperialismo estadounidense, capaz de imponer su ley mucho más allá de sus fronteras.
De este modo, Cuba se ve asfixiada. Antes del bloqueo, su producción petrolera solo cubría el 40 % de sus necesidades. Washington solo autorizó a un único petrolero ruso, en marzo, a entregar el equivalente a una docena de días de consumo. Estados Unidos también decide qué empresas pueden introducir y utilizar petróleo en Cuba. Estos volúmenes importados de Estados Unidos, escasos en relación con las necesidades, alimentan un mercado privado inaccesible para la mayoría, dado que los precios se han disparado.
Para la población cubana, las consecuencias son dramáticas
Para una minoría de especuladores e intermediarios, el bloqueo se convierte en un buen negocio; para la mayoría de los cubanos, es una catástrofe. La interrupción de los suministros de hidrocarburos ha afectado a una red eléctrica agotada, con centrales termoeléctricas obsoletas y propensas a averías frecuentes. Desde principios de 2026, Cuba ha sufrido seis apagones nacionales, cuatro de ellos en julio y agosto. Aparte de estos colapsos, los cortes son crónicos y masivos: entre 20 y 22 horas al día, o incluso varios días seguidos.
Sin petróleo ni electricidad, toda la vida se ve trastornada. Las compañías aéreas han cancelado la mayor parte de los vuelos, lo que ha acabado de arruinar el turismo y los ingresos en divisas necesarios para las importaciones. Las bombas de agua, los camiones cisterna, los tractores, las cámaras frigoríficas y el transporte público están paralizados. La basura se acumula en las calles. Los hospitales ahorran el gasóleo de sus generadores, cancelan operaciones y tratamientos, y tienen que prescindir de respiradores y otros equipos dañados por los cortes. En el campo, las cosechas se pierden por falta de riego o se pudren en el campo por falta de transporte.
Así, para muchos cubanos, comer solo una vez al día se ha convertido en algo habitual. En el hospital, es habitual arriesgar la vida debido a los cortes de electricidad o a la escasez de medicamentos y material básico, que a menudo deben aportar los propios enfermos.
Washington lo sabe perfectamente. En abril de 1960, Lester Mallory, responsable del Departamento de Estado para Asuntos Interamericanos, ya insistía en que «se pusieran en marcha rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba» con el fin de «reducir los salarios» y «provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del Gobierno». Asfixiar a la población para acabar con un régimen considerado contrario a sus intereses: ese es el método político de Estados Unidos contra Cuba.
Antes de 1959, Cuba bajo el yugo de Estados Unidos
Numerosos capitalistas estadounidenses, tanto pequeños como grandes, del sector agroalimentario, inmobiliario y turístico, dirigen su mirada hacia Cuba, entre ellos esos burgueses de Florida que, procedentes del exilio cubano, se imaginan regresando a la isla como héroes, siempre y cuando puedan llevarse el premio gordo. Pero no es principalmente por posibles negocios por lo que Cuba, una isla pobre con recursos limitados, está en el punto de mira. Es porque, desde 1959, ha escapado al dominio del imperialismo estadounidense y ha resistido todos sus intentos de volver a someterla.
Esa tutela venía de lejos. En 1898, la intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia cubana contra España —ya en nombre de «la libertad del mundo» contra «la tiranía»— culminó con la ocupación militar de la isla. Posteriormente, la Enmienda Platt, impuesta a la Constitución cubana de 1901, otorgó a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en Cuba, le garantizó el uso de bases navales en la isla, entre ellas Guantánamo, y le permitió controlar las decisiones del Gobierno cubano en materia de deuda y de tratados internacionales.
Estados Unidos extendió su dominio no solo a la economía azucarera, sino también a las tierras, las minas, la electricidad, la banca y el transporte. La derogación de la enmienda Platt en 1934 no cambió nada al respecto. Hasta su derrocamiento en 1959, Fulgencio Batista dirigió un país transformado en una semicolonia del capital financiero de Estados Unidos. Esta dependencia determinó la forma del Estado cubano: una dictadura policial brutal, corrupta y al servicio de los intereses de sus amos capitalistas estadounidenses.
La afrenta de la revolución castrista
El 1 de enero de 1959, la guerrilla de Fidel Castro derrocó a Batista, odiado por todos. El programa de Castro no tenía nada de socialista: reforma agraria, libertades políticas, desarrollo económico e independencia nacional. Una vez en el poder, Castro buscó en un primer momento un acuerdo con Estados Unidos. Pero la intransigencia del gobierno estadounidense hizo que el nuevo poder se radicalizara. Ya en marzo de 1960, la CIA puso en marcha un programa secreto destinado a derrocar al régimen, mientras que el dominio del capital estadounidense se utilizaba para paralizar Cuba. Pero Castro no cedió. La escalada le llevó a tomar las medidas necesarias para defender la independencia de la isla: se nacionalizaron las propiedades estadounidenses y, posteriormente, se expropió en su mayor parte a la burguesía cubana que ya se había exiliado en gran medida con su capital a Estados Unidos.
La revolución, que contó con un amplio apoyo popular, permitió llevar a cabo transformaciones de gran envergadura. La reforma agraria puso fin a las grandes fincas. Se erradicó el analfabetismo. Cuba se convirtió en uno de los países con menos desigualdades de América: se garantizó la alimentación básica y los niveles de educación y salud llegaron a ser comparables a los de los países ricos.
Para Estados Unidos, el delito de Cuba no residía en primer lugar en las expropiaciones ni en la alianza con la URSS, que no se produjeron hasta más tarde. Lo intolerable era la propia revolución y su inmenso impacto. En una América Latina y un Caribe sumidos en la miseria, donde numerosas dictaduras contaban con el apoyo de Estados Unidos, había derrocado al sanguinario Batista. Había demostrado a millones de oprimidos que era posible levantar la cabeza, recuperar su dignidad, plantar cara al imperialismo y, al romper con su saqueo directo, escapar en parte a las consecuencias de la miseria.
Estados Unidos nunca lo aceptaría. Invasiones, sabotajes, embargos, sanciones, aislamiento diplomático o aperturas limitadas: los métodos han variado, pero el objetivo de volver a someter a Cuba a su tutela se ha mantenido. La política de Trump se inscribe en ese legado, caracterizado por restricciones brutales y regateos, contra una sociedad cubana debilitada desde hace mucho tiempo.
Una revolución de liberación nacional
La revolución cubana no fue ni obrera ni socialista. La guerrilla castrista estaba dirigida por jóvenes intelectuales nacionalistas radicales, que contaban con el apoyo del campesinado pobre. La clase obrera nunca se presentó como una fuerza política independiente, una posibilidad contra la que Castro y los suyos siempre trataron de protegerse. El Estado surgido de la revolución era un Estado burgués, capaz de oponerse al imperialismo, pero sustraído al control de los trabajadores y las masas pobres. Las nacionalizaciones no cambiaron esta naturaleza. La concentración de la economía en manos del Estado solo le proporcionó los medios para suplir la incapacidad de la burguesía local y hacer frente al imperialismo.
Castro esperó más de dos años tras la caída de Batista para proclamar la revolución «socialista» y declararse «marxista-leninista». La ideología estalinista del «socialismo en un solo país» se ajustaba a un régimen que buscaba preservar la independencia de su Estado. Para lograrlo, fue decisiva la existencia de la URSS, que intercambiaba sus hidrocarburos por azúcar cubano en condiciones ventajosas. Pero Cuba no dejaba de ser rehén de las relaciones de poder entre las grandes potencias. Así lo demostró la crisis de los misiles de 1962 y, sobre todo, su resolución, en la que Cuba no tuvo voz ni voto.
Desde el «período especial», el resurgimiento del mercado
El colapso de la URSS en 1991 marcó el inicio de una nueva etapa. La desaparición del petróleo, los créditos, los mercados y los productos del bloque soviético hizo que desaparecieran algunas de las condiciones indispensables que habían permitido a la población cubana vivir, si no siempre bien, al menos mejor que en la mayoría de los países de la región. Desde piezas de recambio hasta productos de consumo cotidiano, ahora faltaba de todo. Esos años, conocidos como el «período especial», fueron terribles.
El régimen, que seguía sometido al embargo estadounidense, intentó sobrevivir orientándose cada vez más hacia el mercado mundial: la legalización del dólar, el desarrollo del turismo y la creación de empresas conjuntas con capital extranjero fueron el precio que hubo que pagar. El turismo y, cada vez más, la venta de servicios médicos al extranjero, aportaron la mayor parte de las divisas que evitaron el colapso total; a ello se sumó, a partir del año 2000, el apoyo que supusieron los suministros de petróleo venezolano en condiciones favorables.
Pero estas medidas generaron desigualdades sociales entre quienes tenían acceso a los dólares (a través de transferencias del extranjero, de vínculos con el turismo o de empresas mixtas) y quienes solo disponían de sus salarios o pensiones pagados en pesos cubanos, cuyo valor relativo no ha dejado de disminuir.
Bajo el mandato de Raúl Castro en la década de 2010, y más aún tras el colapso del turismo durante la crisis de la COVID-19, el régimen relanzó y profundizó las reformas en la misma línea, con los mismos efectos sociales, ampliando aún más el papel del sector privado y de las inversiones extranjeras. En 2021 se legalizaron las empresas privadas, que entonces tenían un límite de 100 empleados. Hoy en día hay más de 15 000, y el sector privado emplea ya a un tercio de los trabajadores.
Los trabajadores pagan, una minoría se enriquece
Al tiempo que favorece a la pequeña y mediana burguesía, el régimen hace recaer sobre los trabajadores la mayor parte del peso del embargo y de sus reformas: supresión de cientos de miles de puestos de trabajo públicos, deterioro brutal del sistema sanitario, colapso de la producción agrícola, inflación (oficialmente un +21 % en los últimos doce meses, aunque sin duda se sitúe más bien entre el +60 % y el +70 %). Desde 2018, la mortalidad infantil, que entonces era comparable a la de Francia, se ha multiplicado por 2,5. Cuba importa ahora cerca del 80 % de sus alimentos, incluido el azúcar, desde Estados Unidos. La canasta básica universal de racionamiento, que pronto se suprimirá, resulta desde hace tiempo irrisoria, una situación agravada por la intensificación de los desvíos hacia el mercado negro, los restaurantes privados y el consumo turístico.
La dolarización agrava aún más las desigualdades. Las tiendas privadas o reservadas a las compras en dólares ofrecen productos que no se encuentran en ningún otro sitio, pero quedan fuera del alcance de los trabajadores a los que se les paga en pesos. Un sueldo mensual del Estado ya solo da para comprar entre dos y tres docenas de huevos. Por eso, al igual que muchos otros trabajadores del sector público, decenas de miles de profesionales sanitarios han abandonado los hospitales. Algunos se han orientado hacia actividades privadas mejor remuneradas, como taxistas o propietarios de cafeterías. Otros se exilian: entre uno y dos millones de cubanos en cinco años, lo que supone entre el 10 % y el 20 % de la población.
Al mismo tiempo, las reformas han puesto de manifiesto la existencia de una minoría de empresarios, importadores y poseedores de dólares que viven cómodamente. Hay comercios privados que ofrecen foie gras importado de Francia o ternera de Kobe a 200 dólares el kilo; las camionetas Toyota de 50 000 dólares encuentran compradores. Este medio no está separado de las altas esferas del Estado. A menudo, estos nuevos ricos proceden del círculo cercano de los altos dirigentes; las infraestructuras de los grupos públicos resultan muy útiles para los negocios familiares. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, uno de los interlocutores de Washington desde febrero, es conocido por su gusto por lo ostentoso y las marcas de lujo. El igualitarismo social que había distinguido a Cuba de otros países pobres de la región es cosa del pasado.
¿Hacia dónde se dirige el régimen cubano?
Bajo la presión estadounidense y la de la crisis, el régimen acelera por una vía que ya se había abierto hace tiempo. En junio, la Asamblea Nacional aprobó 176 medidas destinadas a ampliar el papel del capital privado, entre las que se incluyen el fin del monopolio estatal del comercio exterior y una mayor apertura al capital cubano y extranjero en las empresas públicas, que podrían ser privatizadas o desmanteladas. Ya en julio se abrieron a estos sectores esenciales: gasolineras, puertos, farmacias, residencias de ancianos, recogida de residuos, energía o actividades mineras y petroleras.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, invoca los modelos chino y vietnamita, siempre en nombre del socialismo. En realidad, no se trata ni de avanzar hacia el socialismo ni de alejarse de él. Al tiempo que conserva el monopolio del poder político, el régimen pretende favorecer la acumulación capitalista privada, a costa de los trabajadores. Busca un compromiso con Washington que le permita preservar su papel en el reparto entre altos burócratas, nueva burguesía y capitales extranjeros. A finales de agosto, Díaz-Canel afirmaba que el diálogo estaba estancado, pero la presión estadounidense empuja al régimen hacia la vía del acuerdo. El bloqueo y las sanciones afectan con mayor dureza a la población, pero también agotan los ingresos en divisas del Estado y de GAESA, el conglomerado controlado por el ejército que concentra los sectores más rentables — hoteles, puertos, comercios, bancos y el control de divisas— de una economía prácticamente paralizada.
La base social del régimen también se ha reducido considerablemente. Las manifestaciones de julio de 2021, seguidas de unas 1 500 detenciones, así como las concentraciones de protesta —aún dispersas pero repetidas— que se han producido desde la primavera, demuestran que es posible que se produzca una explosión de ira. A falta de una organización política proletaria, esta ira podría manifestarse en forma de movimientos del tipo : "que se vayan todos" y correría el riesgo de ser explotada por círculos de la oposición que se autodenominan liberales y demócratas. Estos, sin tener aún una presencia real en la sociedad, se han desarrollado en el entorno de los nuevos ricos de La Habana, especialmente entre los intelectuales y artistas que tienen acceso a ese círculo. En tal caso, también podrían ofrecer nuevos interlocutores a Estados Unidos.
Pero las relaciones de poder que determinan el futuro de Cuba van mucho más allá de la isla: forman parte de la voluntad del imperialismo estadounidense de reafirmar su dominio sobre «el hemisferio occidental».
Cuba, en medio de una ofensiva que la desborda
Tras la desaparición de la URSS, América Latina y el Caribe habían perdido importancia en las prioridades de Estados Unidos, que se centraban en Oriente Medio, Europa del Este y Asia. Estados Unidos, que había multiplicado sus intervenciones militares en América Latina hasta la de Haití en 1994, no había llevado a cabo ninguna operación comparable en la región, salvo en Haití, antes de los ataques aéreos de 2025 en el Caribe y la posterior captura de Maduro. El continente volvió a ocupar un lugar destacado entre sus preocupaciones debido a la creciente competencia de China, que se había convertido en uno de los principales socios comerciales de la mayoría de los países de la región, y en el primero de siete de ellos. El capital estadounidense sigue siendo ampliamente dominante, pero las empresas chinas han adquirido posiciones en puertos, redes eléctricas, telecomunicaciones y minerales, lo que otorga a los gobiernos de esos países un margen de maniobra que Estados Unidos quiere reducir. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada a finales de 2025 establece así el objetivo de «restablecer la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental» y actualiza la doctrina Monroe: Estados Unidos reivindica su coto privado, esta vez frente a China. El bloqueo a Cuba, la captura de Maduro, los ataques en el Caribe, las presiones sobre Panamá y México, y los esfuerzos por expulsar a las empresas chinas de las infraestructuras estratégicas forman parte de una misma política. Trump no la ha inventado, sino que la expresa con la brutalidad que exige hoy en día la defensa de la supremacía estadounidense.
Washington también ha favorecido a los líderes de derecha y de extrema derecha que, como Javier Milei en Argentina, han ganado doce de las últimas quince elecciones presidenciales en América Latina, y ahora querría sacar partido de ello. En marzo, en la cumbre «Shield of the Americas» (Escudo de las Américas), Trump dejó claro el grado de subordinación que pretende imponerles. Pero ni siquiera Milei tiene prisa por sacrificar unas relaciones provechosas con China, sobre todo en el sector del litio. También está en juego el control de los recursos y las cadenas de suministro. Además del petróleo de Venezuela, la región cuenta con algunas de las mayores reservas de cobre, litio, níquel y, en Cuba, de cobalto, metales indispensables para las baterías, los centros de datos, las redes, la aeronáutica y el armamento moderno.
¿Hacia el restablecimiento de la tutela de Estados Unidos?
Mientras ejerce y acentúa la presión económica y militar, Estados Unidos busca lograr una victoria política en Cuba. En agosto, la CIA aumentó los recursos que dedica a explotar las divisiones dentro del Estado cubano. Lo ideal para Washington sería encontrar dentro del régimen a alguien equivalente a Delcy Rodríguez, hasta hace poco la número dos de Maduro y ahora presidenta interina y representante de Estados Unidos en Venezuela.
Por su parte, los capitalistas estadounidenses están empezando a posicionarse. En mayo, las sanciones estadounidenses obligaron al grupo canadiense Sherritt a suspender, tras 32 años, su participación en la explotación de las minas de níquel y cobalto de Moa, al este de Cuba. Ahora, capitales vinculados a Estados Unidos —y, en particular, a un allegado de Trump, Ray Washburne— se disputan sus activos. Las sanciones también sirven para expulsar a los competidores y preparar un nuevo reparto. No hace falta una nueva enmienda Platt: los capitalistas estadounidenses, protegidos por su Estado, sabrán hacerse con lo que consideren rentable. Para algunos burócratas de alto rango y nuevos burgueses cubanos, socios o posibles intermediarios, tal desenlace resultaría prometedor.
Para los trabajadores y las masas populares de Cuba, no cabe esperar ni libertad ni prosperidad. Ocurriría lo mismo que en el resto de América Latina y el Caribe, donde la dominación imperialista siempre significa miseria, desigualdades vertiginosas, violencia de los cárteles y de los Estados, y el éxodo cada año de millones de personas. Incluso Puerto Rico, a pesar de ser territorio de Estados Unidos desde su conquista en 1898, sufre cortes repetidos de agua y electricidad, tras décadas de falta de inversión.
Si Estados Unidos lograra su objetivo, acabaría de liquidar una parte de lo que el carácter popular y radical de la revolución cubana había permitido conquistar. La sanidad, la educación y el resto de servicios estatales se encuentran hoy muy deteriorados, pero su organización a escala insular, el alto nivel de formación de muchos trabajadores y el principio de acceso para todos siguen constituyendo una base para el progreso. Su carácter estatal nunca ha dado lugar al socialismo, pero su desmantelamiento en beneficio del mercado supondría un retroceso.
Así pues, el régimen surgido de la revolución castrista nunca ha estado tan cerca de convertirse en su sepulturero. Siguen siendo posibles diferentes combinaciones y el desenlace es incierto. Pero, incluso sin eso, para la población, lo peor quizá esté aún por llegar. Al prolongar un bloqueo que ya está matando de hambre y causando muertes, Estados Unidos está dispuesto a arriesgarse al colapso total de Cuba, sin descartar posibles ataques, bombardeos o incluso una invasión militar, lo que provocaría un caos sangriento. En cualquier caso, el imperialismo ha demostrado en numerosas ocasiones que tales catástrofes no lo detiene.
Cuba, una nueva advertencia
Sin embargo, lo que está en juego va más allá del destino de la isla. Tras Venezuela, lograr que Cuba —que ha resistido a trece presidentes estadounidenses— ceda serviría como una nueva advertencia para todo el continente. Un éxito, sobre todo antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre, también ofrecería al Gobierno de Estados Unidos la oportunidad de reforzar la idea de que, a pesar del desastroso resultado de su intervención en Irán, su agresividad da sus frutos.
La campaña del Gobierno estadounidense que presenta a Cuba como «una amenaza extraordinaria» también sirve para justificarla. Se acusa a la isla de dar cobijo al espionaje chino y ruso, de estrechar lazos militares con Irán, de apoyar el terrorismo, de mantener una amplia red de influencia en el seno de la izquierda estadounidense y de ser «la capital del comunismo del siglo XXI». Cuba estaría incluso vinculada a las movilizaciones contra la policía de inmigración estadounidense, el ICE, que hicieron retroceder a la Administración Trump en Minneapolis a principios de año. Una isla arruinada se transforma en un peligro interno para justificar el uso de la fuerza en el exterior y señalar como enemigos a quienes cuestionan la política de Estados Unidos.
Así, la política interior y la internacional se endurecen simultáneamente, como consecuencia de una misma ofensiva del imperialismo estadounidense a escala mundial para mantener su supremacía. Porque, aunque Estados Unidos sigue siendo dominante, ve cómo China avanza. La guerra comercial, las sanciones, el control de las materias primas y las vías de transporte, el rearme y las intervenciones militares son formas de esta ofensiva, y la dirigida contra Cuba forma parte de ella.
Los comunistas revolucionarios no pueden sino desear que fracase la ofensiva del imperialismo estadounidense contra Cuba. Esto no implica ningún apoyo político al régimen cubano. La revolución de 1959 demostró que una población pobre podía derrocar una dictadura protegida por la primera potencia mundial y lograr profundas transformaciones. Su historia muestra también los límites de una revolución que se quedó en el terreno del nacionalismo burgués, de la que la clase obrera nunca tomó las riendas.
El futuro aún está por escribir y la última palabra no la tendrán ni Trump ni los herederos de Castro. Los trabajadores y las masas pobres de Cuba han demostrado de qué recursos son capaces. Hay que sacar las lecciones de la revolución cubana. Esta logró romper la tutela directa de Estados Unidos, pero un país pequeño y pobre no podía ponerse al nivel de los Estados que concentran el capital, la industria, la tecnología y las finanzas. Una revolución obrera también se habría topado con estos límites, pero no habría hecho del desarrollo nacional su horizonte, ni habría buscado su lugar en el orden imperialista. Habría buscado la salida en la extensión internacional de la revolución, haciendo todo lo posible por apoyarse en la clase obrera del Caribe, de América Latina y de Estados Unidos. Ni Castro ni siquiera Guevara siguieron ese camino. Su política nacionalista radical llevó a la revolución cubana a un callejón sin salida. Para ir hasta el final de la lucha contra el imperialismo, la clase obrera debe tomar ella misma el poder e integrar su lucha en la de los trabajadores de todos los países para derribar este sistema internacional de opresión. Porque solo a esa escala puede abrirse un camino hacia el socialismo.
1 de septiembre de 2026