PSA-Stellantis Poissy: por la democracia obrera y sindical

Yazdır
Textos del mensual Lutte de classe - Mayo-Junio de 2023
Mayo-Junio de 2023

El combate por la emancipación de los trabajadores es inseparable de la lucha por la democracia obrera, sin la cual no hay revolución ni ejercicio del poder desde la clase trabajadora. Por lo que hacer posible que los trabajadores aprendan la democracia tanto en sus sindicatos como en sus luchas forma parte de nuestro combate. La lucha de dos años por que se respete la democracia sindical dentro del sindicato CGT de la fábrica PSA de Poissy, en la región parisina, tiene que entenderse dentro de ese marco.

El objetivo político de los comunistas revolucionarios es que los trabajadores dirijan la sociedad. Si bien en el periodo en que vivimos puede parecer un objetivo lejano, no impide militar por que los trabajadores empiecen dirigiendo sus propias luchas y sus propias organizaciones de base, es decir los sindicatos.

En las empresas, esto supone una lucha permanente contra la burocracia sindical, cuya meta precisamente es la contraria: quieren dirigir ellos en lugar de los trabajadores.

La lucha que acaban de llevar los militantes del sindicato CGT de PSA en Poissy, contra la Federación de Trabajadores del Metal (FTM) de CGT, durante dos años, es uno de los episodios de la lucha por la democracia obrera. Entre otras cosas, fue justamente porque el sindicato CGT de esta fábrica acostumbraba funcionar de manera democrática que la federación lanzó la batalla por su destrucción. Sin embargo, precisamente gracias a esta circunstancia, los burócratas de la federación no lo han logrado: el sindicato que han querido destruir sigue existiendo de la misma manera, aunque con otro nombre distinto, pero con la misma práctica y gozando de igual respaldo ente los trabajadores.

En 2022, la FTM echó a todo el sindicato histórico de la fábrica de Poissy, procurando sustituirlo por otro sindicato CGT bajo su control. Los militantes excluidos formaron un sindicato SUD, y en las elecciones sindicales del pasado 19 de abril los trabajadores de la fábrica decidieron: la “nueva” CGT apoyada por la federación sólo obtuvo el 10,5% de los votos entre los obreros, o sea tres veces menos que el resultado de 2019 de la CGT histórica (y sólo obtuvo el 8% si se tiene en cuenta todas las categorías de votantes). El sindicato SUD formado por militantes excluidos de la CGT obtuvo más del 21% entre los obreros.

La CGT en Poissy

Stellantis Poissy es la mayor fábrica de producción industrial de la región parisina, con 3.000 trabajadores, de los cuales 2.400 obreros. Al igual que en todo el grupo Peugeot-Citroën, la dirección siempre ha mantenido una política represiva contra los sindicatos combativos. Ha perseguido a los militantes CGT mientras ha favorecido a otros sindicatos, cómplices del patrón: la llamada CFT en los años 1960 y 1970, que luego se llamó CSL, y en 1999 fue el sindicato Force ouvriere (FO).

Cualquier moneda tiene su cruz: perseguir a los militantes combativos también puede tener como consecuencia seleccionarlos, endurecerlos y fortalecerlos: en Peugeot, desde hace décadas, un militante que tiene carné de CGT sabe que sólo puede esperar enfrentarse a las sanciones, al riesgo de despido bajo cualquier pretexto. Una política tan represiva hizo crecer en Poissy un sindicato CGT sólido y endurecido, cuyos militantes, aunque ya no se vean obligados a pelear físicamente con los esbirros sindicales del patrón, como fue el caso en los años 1970 y 1980, ahora amontonan las sanciones, amenazas de despido, custodias policiales, incluso penas de prisión en suspenso.

El sindicato CGT de PSA Poissy se fue construyendo en buena parte gracias a militantes del Partido Comunista, en lo que era una fábrica Simca en los años sesenta, y gracias a la dedicación y la tenacidad de obreros inmigrados, a quienes golpeaba la dirección por tres motivos: porque eran obreros, porque eran de CGT y porque eran inmigrantes. Fueron ellos quienes construyeron el sindicato y lo mantuvieron día tras día. Luego la CGT fue reforzada por la presencia de militantes de Lutte ouvriere en los años 1990, y en 2013 tras el cierre de la fábrica de Aulnay-sous-Bois (en el este de la región). Sin embargo, los militantes “históricos” son quienes hoy día siguen teniendo la mayor influencia en la fábrica; es el caso por ejemplo del secretario, Farid Borsali, quien acumula decenas de suspensión, dos intentos de despido y una condena de prisión en suspenso por un montaje de la dirección.

La gran fuerza de este sindicato, además de la tenacidad de sus militantes, es su carácter democrático: las decisiones se toman colectivamente, las reuniones de dirección semanales (secretariado) están abiertas a todos los miembros, y cualquiera puede expresarse. Este funcionamiento colectivo fue decisivo en la lucha contra las estructuras nacionales de la CGT.

La FTM codo con codo con la dirección

En 2019, la CGT de Poissy logró el 32% en las elecciones profesionales en la categoría obrera – una prueba de que, a pesar de la represión patronal, buena parte de los trabajadores confiaban en los militantes más combativos.

La Federación de Trabajadores del Metal de CGT decidió sin embargo atacar al sindicato, en 2021. El tono combativo y de lucha de clase de esos militantes, su negativa a firmar cualquier acuerdo con el patrón, su funcionamiento democrático, su rechazo a la política cada día más conciliadora de la Federación, son motivos para pensar que la CGT de Poissy ya llevaba tiempo en el blanco de los burócratas federales, que sólo aguardaban la buena oportunidad. Ésta se presentó a principios de 2021, cuando un pequeño grupo de delegados declaró su oposición a la mayoría del sindicato y fue a quejarse ante los burócratas de la FTM, acusando a los responsables del sindicato de Poissy de no comportarse acorde con los “valores” de la CGT. No carece de ironía el que el primer opositor, el supuesto guardián de los “valores de la CGT” y que fue quien inició el conflicto en 2021, haya vuelto al sindicato FO, el chiringuito pro patronal.

La Federación del metal aprovechó el conflicto, que por lo demás es algo muy común en la vida sindical, porque era una oportunidad para deshacerse de una organización poco obediente.

La Federación exigió primero que la CGT de Poissy organizara un congreso especial para resolver el conflicto. Lo cual se hizo, con un congreso en el otoño de 2021, en el que participaron más de 190 miembros… y en el que no asistieron los opositores ni tampoco representantes de la Federación. La iniciativa de impulsar un congreso se volvió pues en contra de la Federación, puesto que la dirección combativa del sindicato salió reelegida por unanimidad.

Entre los dirigentes de la Federación, la opinión de los trabajadores sindicalizados no cuenta si no les conviene. Ya que había fracasado en destruir el sindicato desde dentro, procuró atacarlo desde fuera, creando otro sindicato CGT dentro de la misma fábrica, una maniobra ilegal y que pisotea los estatutos de la confederación.

El sindicato histórico respondió difundiendo en la fábrica una petición contra la división sindical, que recogió firmas de más de 1.000 obreros, demostrando el respaldo de los trabajadores.

La Federación logró que una juez especialmente complaciente le validara el reconocimiento del segundo sindicato CGT. Luego “exigió” por parte del patrón de PSA (no menos benevolente en este caso) que quitara al sindicato histórico los recursos militantes: en una noche, hizo cambiar las cerraduras del sindicato CGT. Los militantes defraudados dijeron que nunca antes se había notado por parte del patrón tanta prisa por cumplir las exigencias procedentes de la CGT…

A partir del verano de 2022, los militantes de la CGT histórica tuvieron que seguir militando sin recursos ni mandatos (es decir, sin protección contra sanciones y despidos), teniendo prohibido el dejar su puesto de trabajo, so pena de sanción, así como el estar en la fábrica fuera de su horario laboral. Pero lo hicieron todo para seguir reuniéndose para hablar juntos de la situación y tomar colectivamente todas las decisiones importantes.

Asumieron la situación, así como lo habían hecho generaciones de militantes obreros antes de ellos, quienes durante décadas supieron militar sin medios legales, en épocas en las que no había mandatos ni delegados ni siquiera sindicatos reconocidos. Una situación que sigue dándose en muchos países del mundo y no impide que allí los militantes hagan lo propio.

Un voto casi unánime, pero… “caduco”

En paralelo, la Federación también armó una batalla contra los sindicatos CGT al nivel de todo el grupo Stellantis en Francia, que habían elegido como Delegado Sindical Central (DSC) a Jean-Pierre Mercier, un militante de Poissy que antes había sido uno de los dirigentes de la huelga contra el cierre de su fábrica en Aulnay-sous-Bois.

Fue ante todo el respaldo de todos los sindicatos CGT del grupo al sindicato de la fábrica de Poissy el que lo convirtió en el blanco de la Federación. Pero otro motivo fue el que el conjunto de los sindicatos CGT del grupo funcionaban entre ellos un poco como el de Poissy: con una línea política anti patronal, de lucha de clase, y de manera colectiva y democrática. El funcionamiento colectivo al nivel del grupo, que se basa no en decisiones impuestas desde lo alto sino en discusiones fraternales, reuniones frecuentes y abiertas, o sea, que se basa en la confianza entre militantes, le parecía insoportable a la Federación, cuyas costumbres son muy distintos.

Al mismo tiempo que golpeaba a la CGT de Poissy, la Federación quiso deshacerse de Jean-Pierre Mercier como delegado sindical central del grupo. Pero en eso también fue derrotada: el 13 de mayo de 2022, en una asamblea general organizada en el patio de la sede nacional de la CGT en Montreuil (cercanía de París), ante los ojos de todos, el 88% de los 220 militantes procedentes de todo el país votaron al Jean-Pierre Mercier. “¡Voto caduco!” según dijo la Federación, que impuso como delegado central a un militante al que nadie quería ver en el puesto.

Las elecciones profesionales de abril de 2023

En el otoño de 2022, la FTM hizo confirmar por una juez la exclusión de todos los militantes de la CGT histórica de Poissy.

Excluidos de su confederación, los militantes de Poissy no tenían otra opción que la de cambiar su afiliación. Se reunieron en un segundo congreso, el pasado mes de diciembre, para decidir su afiliación a la confederación Sud, a la que llegaron con 215 miembros.

Los burócratas de la FTM pensaban que bastaba con retirarles su respaldo a esos militantes para que desaparecieran; pero, para militantes que defienden la democracia obrera, lo esencial no es que te reconozca una estructura burocrática o una juez, ni menos aún los patrones, sino que es el reconocimiento por parte de los trabajadores. Durante toda esa pelea, los militantes de la CGT histórica no dejaron de repetir que los únicos jueces serían al fin y al cabo los propios trabajadores.

Esto se produjo el pasado 19 de abril, cuando las elecciones profesionales. Tras una campaña en la cual los militantes de la Federación no dudaron en calumniar, mentir, insultar y hasta amenazar físicamente, los trabajadores decidieron: el nuevo sindicato Sud logró el 21,2% en la categoría de obreros, frente al 10,5% de la CGT respaldada por la federación. Si se tiene en cuenta los votos de todas las categorías (con ejecutivos y administrativos), la CGT cae debajo del 10%, o sea que pierde la representatividad legal.

Los trabajadores más combativos de la fábrica saben perfectamente que lo que hace un sindicato no es la etiqueta, sino los militantes que lo llevan. La FTM ha conseguido provocar la caída de la estructura que ella misma había creado artificialmente, pero no ha podido convencer a los trabajadores de darles la vuelta a los militantes más decididos, cuyo sindicato ahora se llama Sud.

La democracia obrera

Nosotros, militantes de Lutte ouvriere, participamos totalmente en el combate de la CGT histórica de Poissy por la democracia, porque somos militantes comunistas revolucionarios y luchamos por que los trabajadores aprendan cómo gobernarse ellos mismos. Es el fundamento de nuestras ideas políticas: “La emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los obreros mismos”, lo escribió Marx en nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esta idea, la seguimos defendiendo en cualquier ocasión, en todos los ámbitos y con todas las herramientas que nos ofrece cada situación en concreto.

Así pues, en las elecciones políticas, nosotros defendemos la idea de que no hay un salvador supremo; en vez de esperar que la elección de un político cualquiera solucione sus problemas, los trabajadores deben emprender ellos mismos su resolución. En las naves, militamos por que los trabajadores, ante una dificultad, en vez de pedirle al delegado que arregle las cosas, se reunan y se organicen para arreglarlo colectivamente. En una huelga, combatimos la idea de que la dirección la asumen sistemáticamente los dirigentes sindicales, y propugnamos comités de huelga, o sea un órgano directivo votado por los huelguistas, responsable ante ellos y revocable, bajo su control, integrada tanto por miembros como por no miembros de los sindicatos. Y mañana, cuando vengan cambios revolucionarios, militaremos por que los dirijan soviets, es decir consejos obreros, es decir los propios trabajadores.

Trotsky escribió que “la democracia obrera es la dominación política del proletariado”. Por eso mismo, los burócratas la rechazan y nosotros la defendemos. Es una lucha profundamente política, puesto que forma parte del combate más general por la emancipación de los trabajadores.

Los burócratas sindicales, ya se trate de los de CGT o de otros, están en contra de esta visión de unos sindicatos dirigidos desde la base; se pelean por el papel de jefes del proletariado, lo cual los lleva a reducir la lucha sindical a una pelea de aparatos, de chiringuitos en competencia los unos con los otros por los sillones, las plazas y una porción de influencia sobre la burguesía y sus gobiernos.

Nuestra corriente política siempre ha militado en contra de la dispersión del movimiento sindical, que sólo le sirve a la burguesía, y además es en parte obra suya. La clase obrera vendría mucho mejor armada si dispusiera de un sindicato único, una sola organización sindical, un frente unido ante la patronal y sus gobiernos.

Lo antedicho no se puede separar de la cuestión de la democracia. Un sindicato único sin una democracia total en su interior puede incluso convertirse en un instrumento de dictadura contra la clase obrera. La URSS estalinista lo demostró en su época.

Al contrario, para ser una herramienta útil para los trabajadores, un sindicato único debe permitir a todas las ideas, todas las tendencias, expresarse libremente y debatir, hasta poder organizarse en fracciones, para que los trabajadores, sean cuales sean sus ideas y su nivel de conciencia, puedan determinar una política mediante la confrontación de los puntos de vista. Sería una escuela de la democracia obrera, en la cual los trabajadores aprenderían la unidad por encima de la diversidad de opiniones y compromisos políticos. De hecho, es así como funciona un comité de huelga, y cómo funcionarán mañana los consejos obreros.

El trabajo por que viva la democracia obrera, por resucitarla, es la manera de prepara el futuro. Enseñar a los trabajadores a controlar y dirigir sus propias organizaciones de base es el primer paso de un aprendizaje que los llevará, en el futuro, a controlar y dirigir a toda la sociedad. Por eso la restauración de la democracia obrera es un elemento fundamental de nuestra lucha política. Es la condición que garantiza la unidad de la clase trabajadora en su lucha contra la burguesía.

A nuestro nivel, esa es la política que quieren poner en marcha los militantes que llevan el sindicato Sud de Poissy. El día después de las elecciones, se dirigieron a la confederación CGT en una carta abierta, para “tender la mano” a sus militantes y proponerles una política unitaria, “para llevar conjuntamente las luchas contra la patronal y el gobierno, con toda unidad y democracia”.

Una demostración de cara a la FTM

El resultado de las elecciones en Poissy es un golpe a la FTM y a su política de división; más allá de ella, es un batacazo para la dirección confederal de la CGT, que nunca ha levantado un dedo contra los altos cargos de la FTM y sus actuaciones.

Los métodos de la federación han escandalizado a muchos militantes de la CGT, pero todo el aparato central de la confederación se ha solidarizado con la FTM, puesto que ambos comparten una voluntad de dar otra imagen del sindicato, con menos lucha de clase y más diálogo social. Explican que la CGT debe estar en las negociaciones con el gobierno y la patronal, por no dejar a la rival CFDT sola en su función de sindicato “responsable”. La CGT también comparte la detestación burocrática hacia cualquier estructura organizada democráticamente, que dé todo el espacio a los militantes de base sin mantener una mentalidad de soldados obedecientes.

La desconfianza espontánea ante las prácticas democráticas básicas – que en realidad expresa una desconfianza hacia los propios trabajadores – es un elemento constante en la CGT, desde hace décadas. Los militantes más mayores recuerdan que, en los años sesenta y setenta, bastaba con procurar reunir a trabajadores en la cadena de montaje para que te etiqueten como trotskista y te echen de la CGT.

Sin embargo, la actitud de la CGT actual tiene diferencias con la de antes.

En el pasado, la CGT y el Partido Comunista organizaban la caza de militantes trotskists porque ellos eran estalinistas, en el sentido político de la palabra, o sea que determinaban sus orientaciones, en última instancia, según los intereses de la burocracia soviética. Por eso perseguían a los trotskistas, les prohibían expresarse, a veces les daban una paliza. Ya entonces lo hacían en reacción a la militancia trotskista en pro de la democracia obrera, y ese combate empezó en la URSS en tiempos de Trotsky.

Hoy en día, la dirección de la CGT ya no es estalinista en términos políticos. Ni tampoco lo es la dirección del Partido Comunista, con la cual la cúpula sindical ya no tiene los mismos vínculos de antes. Además, procura borrar ese pasado. Del estalinismo sólo ha conservado el burocratismo, los métodos de golfos, el hábito de la calumnia y la mentira… así como un programa político que mezcla reformismo y nacionalismo. Son ideas y métodos que la CGT comparte además con la socialdemocracia.

Por todo lo dicho, no cabe creer que la FTM ataca al sindicato de Poissy sólo porque en él hay militantes trotskistas. La federación arremete contra la mera idea de construir sindicatos de combate, sindicatos democráticos, sindicatos en los que manda la base, que no tomen sus decisiones dependiendo de las orientaciones de geometría variable de la confederaciójn, sino dependiendo de los intereses de los trabajadores y buscando basarse en la opinión de los militantes y los afiliados de a pie, incluso la de los trabajadores no sindicalizados.

Al atacar al sindicato histórico de Poissy, la FTM ha querido demostrar que está dispuesta a destruir un sindicato vivo y activo, con muchos afiliados, y forjado a lo largo de décadas de lucha de clase contra un patrón de choque. Ella prefiere apoyar a una pandilla de delegados incapaces siquiera de militar seriamente en una fábrica, aunque dóciles, en vez de a un sindicato con centenares de miembros, si éste no está a sus órdenes.

Semejante demostración viene dirigida no sólo a los militantes de toda la CGT, sino también a la patronal: la FTM es capaz de realizar una limpieza entre sus filas, echando a los militantes combativos, aunque le pase factura.

Objetivos contradictorios

El pésimo resultado de las elecciones de Poissy para la CGT será quizás el único dato que obligue a los burócratas a pensárselo dos veces antes de lanzarse a una nueva caza de brujas, porque ellos sólo saben pensar con categorías contables y según los datos electorales. Es imposible prever el futuro sobre ese tema, porque la CGT se enfrenta a presiones contradictorias.

Por una parte, es esencial la orientación que la confederación quiere imponer, es decir, romper con la imagen de un sindicato de luchas de clase. Pero, por otra parte, la existencia de la CGT no tiene otro motivo, ante los ojos de la patronal, que su influencia dentro de las empresas, o sea su capacidad de apagar los posibles incendios sociales. Una CGT que por su propia política pierde su influencia sobre la clase obrera ya no le serviría de nada a la patronal, ni mucho menos al gobierno. No se trata de ninguna novedad: desde que traicionó irremediablemente a la clase obrera en 1914, la CGT oscilla permanentemente entre esas necesidades contrarictorias: demostrar su sentido de la responsabilidad para con la burguesía, sin perder su credibilidad para con los trabajadores, porque sin ésta, desaparece su papel de “agente de la burguesía en el seno de la clase obrera”, en palabras de Trotsky. En el pasado, varios episodios evidenciaron esa contradicción fundamental entre el carácter profundamente burgués de los sindicatos en la época imperialista, y la necesidad de conservar una base obrera.

El sindicalismo y la política

Si bien la militancia política en Lutte ouvriere de determinados miembros del sindicato de Poissy no es la razón esencial de la exclusión de ese sindicato, en cambio es verdad que la federación ha esgrimido el argumento de que el sindicato en cuestión estaba demasiado politizado, y ha explicado que ahora cabe separar claramente el sindicato y los partidos.

El argumento tiene su gracia, por parte de una confederación que durante décadas estuvo sometida al Partido Comunista. Desde unos veinte años, sin embargo, la CGT busca demostrar en cualquier ocasión que ha cortado el vínculo con el PC. Hoy en día, impone que sus máximos dirigentes ya no formen parte de la dirección del Partido Comunista, y al ser posible, ni siquiera sean miembros del partido.

La ruptura entre el PC y la CGT es una cortina de humo, puesto que ambas organizaciones, aunque sin lazos orgánicos, comparten una misma política. Tras décadas de dominación estalinista, el PC y la CGT siguen compartiendo una misma voluntad de gestionar el capitalismo en vez de destruirlo, y cada uno vende sus consejos a los capitalistas sobre cómo gestionar mejor la sociedad, demostrando por más inri un proteccionismo de los más reaccionarios.

La CGT se ha puesto a perseguir a militantes en su interior. No sólo se trata de trotskistas: la confederación se opone a determinadas federaciones que le parecen aún demasiado relacionadas con el PC. La patronal no se puede quejar. Los trabajadores no deben hacer política, o al menos en su trabajo: ésta es una regla que los patrones imponen en todas las empresas. La democracia se detiene ante las puertas de las fábricas y de las oficinas, donde queda prohibida cualquier expresión política. El que un sindicato como la CGT le dé la mano a la patronal para andar ese camino es una actitud criminal.

En lo que a nosotros se refiere, siempre hemos afirmado, al igual que generaciones de militantes antes de nosotros, que el sindicalismo sin política es un callejón sin salida reformista. Los militantes comunistas luchan al mismo tiempo por los intereses cotidianos de los trabajadores, especialmente en el marco de los sindicatos, y por los intereses históricos de la clase obrera. Es decir, por la expropiación y derrocamiento de la burguesía. Existe una relación estrecha entre ambos objetivos, porque el sindicalismo es la escuela de la lucha de clases. Una escuela en la cual los trabajadores pueden aprender a gestionar sus propios asuntos mediante la lucha. Esa idea ya estaba en el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, y estuvo presente cuando la creación de la CGT, cuyos estatutos de 1906 declaraban como objetivo último del sindicato “la abolición del trabajo asalariado”.

El deseo de la CGT actual de deshacerse de los militantes políticos que asumen la lucha de clase sólo es una etapa más de su integración en el sistema capitalista: al romper con los partidos políticos, quiere demostrar que ha roto con cualquier voluntad de transformar la sociedad; y ya sólo tiene como objetivo defender, aunque no muy encarnizadamente, las migajas que la burguesía concede a los trabajadores.

7 de mayo de 2023